ENCUESTA

Silencios Digitales Chile. Encuesta sobre violencia de genero digital

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  • Publicado el 20 de julio 2026

A través de esta encuesta buscamos comprender cómo se manifiesta la violencia digital en Chile. El objetivo es identificar las formas más frecuentes de violencia digital, los espacios en los que ocurren (como redes sociales, plataformas de mensajería o videojuegos), y cuán extendida está esta problemática en la vida cotidiana.

FILOSOFÍA, POLÍTICA

La inteligencia artificial y el desencantamiento del mundo. Una nota weberiana sobre la racionalización capitalista

Por: Dr. Mauro Salazar J.
  • Publicado el 15 de julio 2026

Hay una tentación fácil cuando se habla de inteligencia artificial. Consiste en tratarla como una novedad absoluta, un acontecimiento sin genealogía, una ruptura que nos arroja fuera de la historia conocida. Conviene resistir esa tentación. La inteligencia artificial no inaugura nada. Prolonga. Es un capítulo tardío, quizá el más consecuente, de un proceso que Max Weber describió hace más de un siglo con una lucidez que todavía nos incomoda: el proceso de racionalización. Leer la IA desde Weber no es un ejercicio de erudición. Es una manera de recuperar el hilo que la vuelve inteligible, de ver en ella no un prodigio técnico sino una forma extrema de algo muy antiguo, la sustitución progresiva de todo criterio por el cálculo.

Weber, el intelectual de Erfurt, llamó racionalización al movimiento por el cual las sociedades occidentales fueron reemplazando las tradiciones, las creencias y los vínculos afectivos por procedimientos gobernados por la eficiencia, la previsión y el control. Su formulación más célebre aparece en «La ética protestante y el espíritu del capitalismo», donde muestra que el capitalismo moderno no nació de la codicia sino de una disciplina, de una ascética del trabajo metódico que, una vez desprendida de su raíz religiosa, quedó funcionando sola. La imagen que cierra ese libro es la que todos recuerdan. Weber advierte que el orden económico moderno se ha vuelto un aparato del que ya no podemos salir, y escribe una frase que conviene citar entera porque contiene el diagnóstico completo: «La jaula ha quedado vacía de espíritu, quién sabe si definitivamente. En todo caso, el capitalismo victorioso no necesita ya de este apoyo religioso, puesto que descansa en fundamentos mecánicos.» Esos «fundamentos mecánicos» son la clave. El capitalismo, una vez maduro, no requiere convicción. Le basta con el mecanismo.

La inteligencia artificial es el nombre actual de ese mecanismo. Si la racionalización consiste en someter cada esfera de la vida al «cálculo sistemático de medios y fines», entonces un sistema que automatiza precisamente el cálculo, que lo acelera hasta lo inhumano y lo extiende a dominios antes reservados al juicio, no es una excepción a la lógica weberiana sino su realización. Weber vio la burocracia como la forma más pura de dominación racional, un dispositivo de reglas impersonales que trata los casos según procedimientos y no según personas. La IA lleva ese principio a un punto que Weber no alcanzó a imaginar, aunque su teoría lo anticipa. Donde la burocracia clasificaba expedientes, el algoritmo clasifica conductas, deseos, riesgos y rostros. Donde el funcionario aplicaba la norma, el modelo infiere la norma desde los datos y la aplica sin que nadie la haya escrito. Es la burocracia liberada de su lentitud, de su papeleo, incluso de su funcionario. Una burocracia sin oficina.

Es en este punto donde la imagen final de la ética protestante recupera toda su fuerza. La jaula de hierro —el stahlhartes Gehäuse, esa carcasa dura como el acero que la traducción de Parsons volvió célebre— nombraba para Weber un orden que, una vez construido, sigue funcionando sin necesidad de que nadie crea en él. La inteligencia artificial no está fuera de esa jaula: es el material con que hoy se refuerzan sus barrotes. Si el capitalismo maduro ya descansaba en “fundamentos mecánicos” y prescindía de la convicción, el algoritmo lleva esa prescindencia a su límite, porque automatiza no solo la ejecución de la regla sino su misma producción. La jaula weberiana todavía necesitaba funcionarios que la habitaran, hombres que aplicaran la norma aunque ya no la creyeran; la jaula algorítmica se cierra sobre sí misma y se administra sin nosotros, tejida en cada predicción, cada ranking, cada recomendación que aceptamos sin interrogar. No es una nueva jaula junto a la que Weber describió. Es la vieja jaula perfeccionada, ahora capaz de recalcular sus propios barrotes en tiempo real y de presentarlos, además, como libertad de elección.

Conviene detenerse en este punto porque ahí se juega buena parte del malentendido contemporáneo. Se suele elogiar la inteligencia artificial por su capacidad de aprender, como si aprender fuera un gesto de libertad. Pero desde Weber vemos otra cosa. Lo que el sistema aprende es a calcular mejor, a predecir con más finura, a clasificar con menos error. Aprende a ser más racional en el sentido formal del término, nunca en el sustantivo. Un modelo entrenado con millones de decisiones judiciales no aprende qué es la justicia. Aprende a reproducir el patrón estadístico de lo que un tribunal ha decidido, con todas sus arbitrariedades y todos sus prejuicios sedimentados. La racionalización, decía Weber, avanza precisamente así, no imponiendo una verdad sino estandarizando un procedimiento, no convenciendo sino normalizando. La máquina que aprende es la forma más acabada de esa normalización, porque convierte el pasado en molde del futuro y presenta ese molde como si fuera objetividad.

Aquí conviene introducir la distinción que Weber consideraba decisiva y que hoy resulta más urgente que nunca. Weber separó la «racionalidad formal», basada en reglas, cálculos y procedimientos cuantificables, de la «racionalidad sustantiva», vinculada a valores, a fines últimos, a lo que una comunidad considera justo o bueno. Su temor no era que la razón desapareciera. Su temor era que una forma de razón devorara a la otra. Que el cálculo de la eficiencia, perfectamente racional en sus medios, terminara ocupando el lugar de la pregunta por los fines, que es la única que importa. La inteligencia artificial es la máquina de la racionalidad formal. Optimiza cualquier cosa que se le pida optimizar. Puede maximizar la permanencia de un usuario en una pantalla, la probabilidad de reincidencia de un acusado, la rentabilidad de un despido, la eficacia de un bombardeo. En todos esos casos funciona impecablemente en el plano de los medios y guarda un silencio absoluto en el plano de los fines. No es que la IA responda mal la pregunta por el sentido. Es que no la escucha. Está construida para no escucharla.

De ahí que el concepto weberiano más pertinente para pensar este presente sea el «desencantamiento del mundo». Weber usó esa expresión para nombrar el proceso por el cual la ciencia y la técnica vaciaron el mundo de misterio, de sacralidad, de todo aquello que no se dejaba medir. El mundo desencantado es un mundo donde todo, en principio, puede calcularse, y donde por lo tanto nada exige ya reverencia. La inteligencia artificial es la herramienta más poderosa de desencantamiento jamás construida. Traduce el lenguaje, la mirada, la creación artística, la deliberación moral, la intimidad de una conversación, a vectores numéricos y correlaciones estadísticas. Muestra que aquello que creíamos irreductible, el juicio de un médico, la sensibilidad de un traductor, la intuición de un juez, puede aproximarse mediante patrones. Y al mostrarlo, lo profana. No lo destruye. Lo vuelve reproducible, y por lo tanto prescindible, y por lo tanto barato.

Este es el gesto weberiano por excelencia, y conviene verlo operar con detalle. Cuando Weber hablaba del desencantamiento no se refería solo a la pérdida de los dioses. Se refería a una transformación del saber. En el mundo encantado, sostenía, uno se sometía a fuerzas que no comprendía pero respetaba. En el mundo desencantado, en cambio, se instala la certeza de que «en principio, todas las cosas pueden dominarse mediante el cálculo». No hace falta conocerlas de verdad. Basta con saber que son calculables. La inteligencia artificial extrema esa certeza hasta volverla vertiginosa. Ya ni siquiera nosotros comprendemos cómo el sistema llega a sus resultados, y sin embargo confiamos en ellos porque funcionan, porque predicen, porque optimizan. Hemos vuelto, por un camino inesperado, a una forma de sometimiento a fuerzas incomprensibles. Solo que ahora la fuerza no es un dios ni un destino, sino una arquitectura de correlaciones que ningún ser humano puede recorrer entera. El mundo se ha desencantado tanto que ha vuelto a encantarse, esta vez bajo la forma del algoritmo opaco al que atribuimos una autoridad que no nos atrevemos a interrogar.

Sería un error, sin embargo, leer a Weber como un profeta del desastre. Weber no era un romántico que añorara un pasado encantado. Reconocía las conquistas de la racionalización, la liberación respecto de autoridades arbitrarias, el aumento del conocimiento, la prosperidad material. Su posición era más difícil y más honesta que la nostalgia. Sostenía que el proceso tenía un costo, y que ese costo recaía sobre la libertad y sobre el sentido. La misma ambivalencia debe gobernar cualquier juicio serio sobre la inteligencia artificial. No se trata de demonizar una técnica que cura enfermedades, que amplía el saber, que alivia tareas penosas. Se trata de nombrar su precio con la misma claridad con que se celebran sus beneficios. Y el precio es weberiano hasta la médula. Es la extensión de la jaula. Es el avance de una forma de razón que resuelve todos los «cómo» y desactiva todos los «para qué».

Pese al estruendoso efecto de la IA, hay en las tribus académicas una veloz naturalización postschumpeteriana, de radical acento destructivo —una tenaza de crueldad—, donde lo creativo se sostiene en un balance inflacionario, precario e impredecible. La glosa tienta. Y que hay de aquellos que vivieron en la moledora de carne del siglo XX. De aquel mundo donde el Holocausto y el Gulag no terminó en profecías. En medio del momento sombrío que habitamos —qué duda cabe de ello— se alza una furia stasiológica agudizada por el frío abismal de la cuarta revolución industrial. En medio del desbande, la imaginación se recorta cuando el coro de la plaza repite; “vivimos un momento postschumpeteriano”. En efecto, una fórmula que no es sino, otra pieza del capitalismo académico intensificado, y que suena como barricada.

Con todo, la pregunta que Weber dejó abierta reaparece intacta. Si el capitalismo victorioso «descansa en fundamentos mecánicos» y ya no necesita convicción alguna para funcionar, ¿qué lugar queda para la decisión humana sobre los fines? La inteligencia artificial agudiza el problema porque presenta cada elección política como si fuera un problema técnico. Naturaliza. Lo que era objeto de disputa, cómo distribuir un recurso, a quién vigilar, qué merece protección, se convierte en un asunto de optimización, delegable a un sistema que promete neutralidad y que en realidad hereda y amplifica los sesgos de quienes lo entrenan. La dominación se vuelve más eficaz justamente porque deja de parecer dominación. Se presenta como cálculo, y el cálculo parece no tener autor. Esta es la versión contemporánea de la impersonalidad burocrática que Weber describió, y es más difícil de combatir porque ya ni siquiera tiene un rostro al cual dirigir el reclamo.

Conviene entonces cerrar donde Weber cerraba, sin consuelo fácil pero sin resignación. Weber describió la burocratización del mundo con una imagen sombría, «la noche polar de helada oscuridad», y sin embargo insistió en que el porvenir no estaba escrito, que dependía de la capacidad de los seres humanos para introducir en el aparato una voluntad, un valor, una decisión que no fuera meramente calculada. El desafío que plantea la inteligencia artificial es exactamente ese, formulado de nuevo para nuestra época. No consiste en detener la técnica, cosa imposible, ni en confiar en que se corregirá sola, cosa ingenua. Consiste en algo mucho más arduo: en reintroducir la racionalidad sustantiva justo allí, en el corazón del terreno diseñado para expulsarla. En volver a preguntar por los fines precisamente donde solo se nos ofrecen medios cada vez más perfectos y cada vez más mudos. En recordar, contra toda la evidencia del cálculo, que ninguna optimización —por prodigiosa que sea— responde jamás a la única pregunta que define una vida digna: la pregunta por lo que vale la pena. Esa pregunta la máquina no puede formularla; ni siquiera puede oírla. Nosotros todavía sí. Y en esa diferencia —delgada, frágil, casi nada— se decide todo: si la jaula será una prisión de la que ya nadie sabrá que está preso, o apenas una herramienta que sabremos poner en su sitio. Weber no nos dejó la respuesta. Nos dejó algo más exigente y más valioso que cualquier respuesta: la obligación de no dejar de plantear la pregunta, una y otra vez, mientras quede alguien capaz de hacerla.

Ver nota original en:https://ficciondelarazon.org/2026/07/08/mauro-salazar-j-la-inteligencia-artificial-y-el-desencantamiento-del-mundo-una-nota-weberiana-sobre-la-racionalizacion-capitalista/

NOTICIA

Una epistemología del Sur. Una crónica del reconocimiento

Por: Dr. Mauro Salazar
  • Publicado el 14 de julio 2026

La pregunta que no deja de replantearse en el campo de los estudios de comunicación es la siguiente: ¿qué le ocurre al periodismo cuando los medios se concentran, cuando los códigos cognitivos se simplifican, cuando la circulación de sentidos queda atrapada en los muros universitarios? No se trata de una pregunta nueva, pero adquiere una urgencia particular en esta década. El mapa de la concentración mediática en América Latina, y en Chile particularmente, revela una paradoja incómoda: mientras se multiplican las plataformas, los flujos informativos siguen siendo canalizados por un puñado de corporaciones que establecen qué se ve, qué se oculta, qué se amplifica. Es allí donde cobra sentido examinar no solo la estructura de la propiedad de los medios, sino algo más profundo: el régimen de cognición que tales estructuras imponen en medios de las velocidades del capital.

La concentración mediática no es simplemente un problema económico, afirma una reflexión que circula en los pasillos del pensamiento crítico latinoamericano. «Es una captura de las formas mismas en que se produce sentido». Cuando tres o cuatro grupos empresariales controlan la mayoría de la circulación informativa, lo que se juega no es solo la propiedad de empresas periodísticas, sino el ordenamiento de lo visible y lo invisible, de lo decible y lo indecible. El periodista que trabaja bajo tales estructuras enfrenta una doble constreñimiento: el del mercado y el de la arquitectura del silencio. Es decir, no solo se le impide escribir ciertas cosas porque afectan intereses económicos de sus patrones, sino que la propia lengua disponible ha sido ya empequeñecida, sometida a regímenes de simplificación cognitiva que hacen que ciertos objetos de investigación parezcan incomprensibles o directamente invisibles.

Pensar un periodismo crítico hoy, se diría entonces, «es pensar contra esa captura». Pero ¿qué significa pensar contra las exclusiones abigarradas? ¿Significa simplemente denunciar la concentración, escribir columnas que publicitan la injusticia? Eso es necesario, claro está. Pero insuficiente. Lo que se requiere es una transformación de las formas mediales en que el periodismo se produce, se circula, se lee en medio del oligopolio cognitivo. Una crónica del siglo XXI no puede seguir los protocolos de la crónica del siglo veinte: aquella que trazaba una línea recta entre el reportero, los hechos, la página, el lector. Esa arquitectura ha sido ya rebasada por las tecnologías, por los regímenes de atención fragmentada, por la multiplicación de voces que compiten en espacios sin tradicionales filtros de validación. Conviene recordar que Roberto Arlt, cronista de aguafuertes porteñas, había intuido ya que la ciudad no se recorre sino se descifra, que sus calles son un texto cifrado donde el delirio y la técnica conversan sin jerarquía: inventó así una manera de conectar la ciudad que ningún manual de periodismo enseñaba. Esa lección resuena hoy con una fuerza inesperada: en tiempos del Antropoceno, cuando la inteligencia artificial rediseña los modos de narrar el desastre, la imaginación vuelve a ser la única herramienta capaz de conectar lo disperso, de tender un hilo entre el dato y el relato, entre la máquina y la intemperie que habitamos.

Lo que emerge como necesidad, entonces, es una experimentación formal. «Nuevas formas mediales» es una expresión que podría parecer vacía, pero que tiene un contenido preciso: se trata de investigar cómo la investigación periodística puede convivir con formatos que no responden exclusivamente a la lógica de la noticia. Podcasts que desgranan capas de contexto histórico. Documentales que practican una arqueología de discursos. Libros que se actualizan. Bases de datos que se narran. Laboratorios de investigación visual. No se trata de moda, sino de una urgencia formal que nace del reconocimiento de que el régimen de verdad en el periodismo tradicional ha sido ya desmantelado, y que solo nuevas sintaxis contigenciales pueden reconstituir la autoridad de quien investiga.

En ese contexto es donde adquiere particular relevancia la posición que ha desarrollado, desde la dirección del Doctorado en Comunicación de la Universidad de La Frontera, el Dr. Carlos del Valle Rojas. Su trabajo ha consistido en articular precisamente eso que se acaba de nombrar: una reflexión sobre la necesidad de nuevas formas de investigación periodística y de producción de conocimiento crítico que responda a las exigencias de un presente donde la concentración y la simplificación cognitiva son hechos estructurantes. «Del Valle ha insistido», puede decirse, «en que la universidad no puede simplemente adaptar sus protocolos académicos a los regímenes existentes de comunicación, sino que debe ser el espacio donde se experimenta, donde se inventan, donde se provocan otras formas de hacer, de pensar, de circular lo que se conoce».

El Colegio de Periodistas de Chile, en su capítulo regional de La Araucanía, reconoció recientemente esta contribución, destacando su trayectoria, su contribución en investigación para el desarrollo regional, su profesionalismo y su destacado trabajo académico. Tal reconocimiento no es ceremonial: es el reconocimiento de que existe una posición diferente, una que piensa el periodismo y la comunicación (sus mediaciones) no como sectores independientes del campo intelectual, sino como territorios donde se juega la posibilidad misma de una crítica que sea todavía viable en tiempos de captura cognitiva.

Pero aquí hay algo más, se diría. «El reconocimiento viene desde el Sur, desde una región donde las formas expresivas y mediales padecen una epistemología del no ver». Donde lo que se escribe, lo que se investiga, lo que circula como conocimiento ha sido históricamente ocluido por las geografías del poder que se concentran en Santiago. Carlos del Valle opera precisamente en ese espacio periférico, transformando los extramuros en un laboratorio donde la invisibilidad se convierte en capacidad crítica.

¿Qué es, entonces, lo que tal posición propone? «No es el rechazo melancólico del periodismo tradicional», podría sintetizarse. Es la afirmación de que la investigación crítica requiere experimentar con sus formas, que la crónica contemporánea tiene que aprender a convivir con datos, con arqueologías de discurso, con archivos que se cuestionen a sí mismos. Es una propuesta que toma en serio el diagnóstico de la concentración sin caer en el nihilismo, que reconoce los límites de la escritura periodística sin abandonarla, que busca en la universidad un espacio donde lo experimental no sea una ruptura con lo académico sino su radicalización.

La tarea que queda, entonces, es aquella que ya ha comenzado: pensar cómo se escribe en tiempos de captura mediática. Pensar cómo la crítica puede reinventarse. Pensar cómo un periodismo que sea todavía crítico, que cuestione la concentración y la simplificación, puede producirse desde márgenes, desde universidades, desde laboratorios y extramuros de experimentación formal. «No es trabajo de una sola voz», se diría. «Es trabajo de una comunidad que decide que el acto de investigar, de escribir, de producir formas nuevas de conocimiento, sigue siendo posible, sigue siendo necesario». Es en ese sentido que la dirección académica que Carlos del Valle ha ejercitado adquiere importancia no solo regional, sino como modelo de lo que podría ser una crítica que no se rinde ante la concentración, sino que la nombra, la analiza, y sobre todo, la resiste mediante la invención de nuevas formas que litigan contra las jerarquía corporativas.

En conclusión, el desafío del periodismo crítico en tiempos de concentración no es únicamente defender lo que existe. Es inventar lo que puede existir. Es reconocer, como lo ha hecho la trayectoria del profesor del Valle Rojas, que la universidad es un espacio estratégico donde esa invención es posible, donde nuevas formas mediales pueden experimentarse, donde la crítica puede todavía habitar las ciudadanías universitarias y los territorios de lo público. Eso es lo que está en juego, finalmente: «la posibilidad misma de un futuro para el pensamiento crítico en comunicación».

NOTICIA

UFRO gradúa a 61 nuevas doctoras y doctores que proyectan su investigación desde La Araucanía al mundo

Por: Francisca Gómez Hinostroza
  • Publicado el 8 de julio 2026

La Universidad de La Frontera (UFRO) graduó a 61 nuevas doctoras y doctores en una ceremonia realizada este viernes 3 de julio, que reunió a autoridades universitarias, directoras y directores de programa, académicos, familias y a la comunidad científica de la institución.

Esta nueva generación, formada en 10 programas de doctorado, se incorpora a la tarea de generar conocimiento de alto nivel para responder a los desafíos de la región, el país y el mundo.

La ceremonia fue encabezada por el vicerrector de Investigación y Postgrado, Dr. Nicolás Saavedra Cuevas, quien relevó la diversidad disciplinaria de esta promoción. “Esta pluralidad refleja el carácter de una universidad compleja, capaz de generar conocimiento desde múltiples perspectivas y de aportar soluciones con impacto científico, social y territorial”, afirmó. En esa línea, agregó que UFRO aporta al país con 61 doctoras y doctores altamente preparados para liderar investigaciones de manera autónoma, ejercer docencia de pre y postgrado o desempeñarse profesionalmente al más alto nivel.

Formación acreditada y proyección internacional

La UFRO ofrece actualmente 15 programas de doctorado. El 100% de los programas elegibles se encuentra acreditado por la Comisión Nacional de Acreditación (CNA), mientras que los tres programas más recientes se encuentran a la espera del resultado de acreditación. A ello se suma la certificación internacional otorgada por la agencia alemana AQAS a seis de estos programas, un reconocimiento que fortalece su calidad y proyección internacional. La tradición de la Universidad en formación de postgrado comenzó en la década de los 90 y, en el año 2000, se creó su primer programa de doctorado; hoy la institución se ubica entre las mejores del país por sus indicadores de excelencia.

El director Académico de Postgrado, Dr. Luis Salazar Navarrete, subrayó el sentido de la jornada. “Esta ceremonia muestra a la comunidad el resultado de un proceso formativo riguroso, que a estas nuevas doctoras y doctores les ha demandado al menos cuatro años de esfuerzo y dedicación”, indicó. Al finalizar este proceso, precisó, las y los graduados se integran tanto al ámbito público como al privado para desarrollar su quehacer en investigación, docencia o incluso emprendimiento.

Doble grado y programas en consorcio

La internacionalización volvió a marcar la ceremonia. La jornada incluyó el reconocimiento a cuatro trayectorias de doble grado internacional: Bárbara Klett Aparicio, del Doctorado en Comunicación, con el Doctorado Interuniversitario en Comunicación de la Universidad de Sevilla, España, donde fue evaluada con nota 7.0 y sobresaliente con mención “cum laude”; Víctor Gallardo Muñiz, del Doctorado en Ciencias de Recursos Naturales, con la Universidad Tecnológica Federal de Paraná, Brasil; María Javiera Guarda Reyes, del mismo programa, con la Universidad de La Sorbona, Francia; y Joel Antonio Cordeiro de Abreu, graduado del Programa de Posgrado en Ciencias Farmacéuticas de la Universidad de Brasilia, Brasil, quien obtuvo doble grado junto al Doctorado en Ciencias mención Biología Celular y Molecular Aplicada UFRO.

A ello se suman programas de carácter asociativo: el Doctorado en Ingeniería, junto a la Universidad del Bío-Bío y la Universidad de Talca, y el Doctorado en Comunicación, con la Universidad Austral de Chile. El carácter internacional de la generación se refleja también en su origen: entre las y los graduados hay quienes llegaron desde Brasil, Colombia, Cuba, Venezuela, Ecuador y Panamá para formarse en UFRO.

Una nueva generación para la comunidad científica

Con la entrega de constancias, las y los graduados pasan a integrar la comunidad Alumni UFRO, que reúne a quienes han sido parte de la historia formativa de la universidad. Detrás de las cifras hay líneas de investigación que ya dialogan con la industria, la salud y el medioambiente, y una generación que proyecta su trabajo más allá de la región. En su mensaje, el vicerrector Saavedra, destacó que la excelencia académica debe ir siempre acompañada de humildad intelectual y compromiso con las personas y los territorios. “El futuro de nuestra región, de nuestro país y del mundo se construye con personas como ustedes”, afirmó.

Testimonios

“Elegí a UFRO por su carácter público y su cercanía. La beca de movilidad me permitió cursar cinco meses en Sevilla y mirar mi propio tema de investigación desde otra perspectiva, y valoro la presencia de los profesores durante el proceso, que en un doctorado no siempre es habitual”, Dra. Bárbara Klett Aparicio, Doctorado en Comunicación con doble grado con la Universidad de Sevilla y oradora de la generación.

“Trabajo en la valorización de residuos, como cáscaras de avellana y nuez, para fabricar materiales de construcción más sostenibles. Hoy avanzamos a la par con la industria, con Arauco y Oxiquim, con la proyección de tener productos en el mercado a corto plazo”, Dr. Carlos Manterola Barroso, Doctorado en Ciencias de Recursos Naturales.

“Investigo la relación entre el ejercicio y el cáncer. Siento que el verdadero sentido de un doctorado es aportar a la calidad de vida de las personas. Lo que viene ahora es formar equipos y nuevo capital humano para seguir haciendo investigación en el país”, Dra. Macarena Artigas Arias, Doctorado en Ciencias mención Biología Celular y Molecular Aplicada.

Nota original en: https://www.ufro.cl/noticias/ufro-gradua-a-61-nuevas-doctoras-y-doctores-que-proyectan-su-investigacion-desde-la-araucania-al-mundo/