FILOSOFÍA, POLÍTICA

La inteligencia artificial y el desencantamiento del mundo. Una nota weberiana sobre la racionalización capitalista

Por: Dr. Mauro Salazar J.
  • Publicado el 15 de julio 2026

Hay una tentación fácil cuando se habla de inteligencia artificial. Consiste en tratarla como una novedad absoluta, un acontecimiento sin genealogía, una ruptura que nos arroja fuera de la historia conocida. Conviene resistir esa tentación. La inteligencia artificial no inaugura nada. Prolonga. Es un capítulo tardío, quizá el más consecuente, de un proceso que Max Weber describió hace más de un siglo con una lucidez que todavía nos incomoda: el proceso de racionalización. Leer la IA desde Weber no es un ejercicio de erudición. Es una manera de recuperar el hilo que la vuelve inteligible, de ver en ella no un prodigio técnico sino una forma extrema de algo muy antiguo, la sustitución progresiva de todo criterio por el cálculo.

Weber, el intelectual de Erfurt, llamó racionalización al movimiento por el cual las sociedades occidentales fueron reemplazando las tradiciones, las creencias y los vínculos afectivos por procedimientos gobernados por la eficiencia, la previsión y el control. Su formulación más célebre aparece en «La ética protestante y el espíritu del capitalismo», donde muestra que el capitalismo moderno no nació de la codicia sino de una disciplina, de una ascética del trabajo metódico que, una vez desprendida de su raíz religiosa, quedó funcionando sola. La imagen que cierra ese libro es la que todos recuerdan. Weber advierte que el orden económico moderno se ha vuelto un aparato del que ya no podemos salir, y escribe una frase que conviene citar entera porque contiene el diagnóstico completo: «La jaula ha quedado vacía de espíritu, quién sabe si definitivamente. En todo caso, el capitalismo victorioso no necesita ya de este apoyo religioso, puesto que descansa en fundamentos mecánicos.» Esos «fundamentos mecánicos» son la clave. El capitalismo, una vez maduro, no requiere convicción. Le basta con el mecanismo.

La inteligencia artificial es el nombre actual de ese mecanismo. Si la racionalización consiste en someter cada esfera de la vida al «cálculo sistemático de medios y fines», entonces un sistema que automatiza precisamente el cálculo, que lo acelera hasta lo inhumano y lo extiende a dominios antes reservados al juicio, no es una excepción a la lógica weberiana sino su realización. Weber vio la burocracia como la forma más pura de dominación racional, un dispositivo de reglas impersonales que trata los casos según procedimientos y no según personas. La IA lleva ese principio a un punto que Weber no alcanzó a imaginar, aunque su teoría lo anticipa. Donde la burocracia clasificaba expedientes, el algoritmo clasifica conductas, deseos, riesgos y rostros. Donde el funcionario aplicaba la norma, el modelo infiere la norma desde los datos y la aplica sin que nadie la haya escrito. Es la burocracia liberada de su lentitud, de su papeleo, incluso de su funcionario. Una burocracia sin oficina.

Es en este punto donde la imagen final de la ética protestante recupera toda su fuerza. La jaula de hierro —el stahlhartes Gehäuse, esa carcasa dura como el acero que la traducción de Parsons volvió célebre— nombraba para Weber un orden que, una vez construido, sigue funcionando sin necesidad de que nadie crea en él. La inteligencia artificial no está fuera de esa jaula: es el material con que hoy se refuerzan sus barrotes. Si el capitalismo maduro ya descansaba en “fundamentos mecánicos” y prescindía de la convicción, el algoritmo lleva esa prescindencia a su límite, porque automatiza no solo la ejecución de la regla sino su misma producción. La jaula weberiana todavía necesitaba funcionarios que la habitaran, hombres que aplicaran la norma aunque ya no la creyeran; la jaula algorítmica se cierra sobre sí misma y se administra sin nosotros, tejida en cada predicción, cada ranking, cada recomendación que aceptamos sin interrogar. No es una nueva jaula junto a la que Weber describió. Es la vieja jaula perfeccionada, ahora capaz de recalcular sus propios barrotes en tiempo real y de presentarlos, además, como libertad de elección.

Conviene detenerse en este punto porque ahí se juega buena parte del malentendido contemporáneo. Se suele elogiar la inteligencia artificial por su capacidad de aprender, como si aprender fuera un gesto de libertad. Pero desde Weber vemos otra cosa. Lo que el sistema aprende es a calcular mejor, a predecir con más finura, a clasificar con menos error. Aprende a ser más racional en el sentido formal del término, nunca en el sustantivo. Un modelo entrenado con millones de decisiones judiciales no aprende qué es la justicia. Aprende a reproducir el patrón estadístico de lo que un tribunal ha decidido, con todas sus arbitrariedades y todos sus prejuicios sedimentados. La racionalización, decía Weber, avanza precisamente así, no imponiendo una verdad sino estandarizando un procedimiento, no convenciendo sino normalizando. La máquina que aprende es la forma más acabada de esa normalización, porque convierte el pasado en molde del futuro y presenta ese molde como si fuera objetividad.

Aquí conviene introducir la distinción que Weber consideraba decisiva y que hoy resulta más urgente que nunca. Weber separó la «racionalidad formal», basada en reglas, cálculos y procedimientos cuantificables, de la «racionalidad sustantiva», vinculada a valores, a fines últimos, a lo que una comunidad considera justo o bueno. Su temor no era que la razón desapareciera. Su temor era que una forma de razón devorara a la otra. Que el cálculo de la eficiencia, perfectamente racional en sus medios, terminara ocupando el lugar de la pregunta por los fines, que es la única que importa. La inteligencia artificial es la máquina de la racionalidad formal. Optimiza cualquier cosa que se le pida optimizar. Puede maximizar la permanencia de un usuario en una pantalla, la probabilidad de reincidencia de un acusado, la rentabilidad de un despido, la eficacia de un bombardeo. En todos esos casos funciona impecablemente en el plano de los medios y guarda un silencio absoluto en el plano de los fines. No es que la IA responda mal la pregunta por el sentido. Es que no la escucha. Está construida para no escucharla.

De ahí que el concepto weberiano más pertinente para pensar este presente sea el «desencantamiento del mundo». Weber usó esa expresión para nombrar el proceso por el cual la ciencia y la técnica vaciaron el mundo de misterio, de sacralidad, de todo aquello que no se dejaba medir. El mundo desencantado es un mundo donde todo, en principio, puede calcularse, y donde por lo tanto nada exige ya reverencia. La inteligencia artificial es la herramienta más poderosa de desencantamiento jamás construida. Traduce el lenguaje, la mirada, la creación artística, la deliberación moral, la intimidad de una conversación, a vectores numéricos y correlaciones estadísticas. Muestra que aquello que creíamos irreductible, el juicio de un médico, la sensibilidad de un traductor, la intuición de un juez, puede aproximarse mediante patrones. Y al mostrarlo, lo profana. No lo destruye. Lo vuelve reproducible, y por lo tanto prescindible, y por lo tanto barato.

Este es el gesto weberiano por excelencia, y conviene verlo operar con detalle. Cuando Weber hablaba del desencantamiento no se refería solo a la pérdida de los dioses. Se refería a una transformación del saber. En el mundo encantado, sostenía, uno se sometía a fuerzas que no comprendía pero respetaba. En el mundo desencantado, en cambio, se instala la certeza de que «en principio, todas las cosas pueden dominarse mediante el cálculo». No hace falta conocerlas de verdad. Basta con saber que son calculables. La inteligencia artificial extrema esa certeza hasta volverla vertiginosa. Ya ni siquiera nosotros comprendemos cómo el sistema llega a sus resultados, y sin embargo confiamos en ellos porque funcionan, porque predicen, porque optimizan. Hemos vuelto, por un camino inesperado, a una forma de sometimiento a fuerzas incomprensibles. Solo que ahora la fuerza no es un dios ni un destino, sino una arquitectura de correlaciones que ningún ser humano puede recorrer entera. El mundo se ha desencantado tanto que ha vuelto a encantarse, esta vez bajo la forma del algoritmo opaco al que atribuimos una autoridad que no nos atrevemos a interrogar.

Sería un error, sin embargo, leer a Weber como un profeta del desastre. Weber no era un romántico que añorara un pasado encantado. Reconocía las conquistas de la racionalización, la liberación respecto de autoridades arbitrarias, el aumento del conocimiento, la prosperidad material. Su posición era más difícil y más honesta que la nostalgia. Sostenía que el proceso tenía un costo, y que ese costo recaía sobre la libertad y sobre el sentido. La misma ambivalencia debe gobernar cualquier juicio serio sobre la inteligencia artificial. No se trata de demonizar una técnica que cura enfermedades, que amplía el saber, que alivia tareas penosas. Se trata de nombrar su precio con la misma claridad con que se celebran sus beneficios. Y el precio es weberiano hasta la médula. Es la extensión de la jaula. Es el avance de una forma de razón que resuelve todos los «cómo» y desactiva todos los «para qué».

Pese al estruendoso efecto de la IA, hay en las tribus académicas una veloz naturalización postschumpeteriana, de radical acento destructivo —una tenaza de crueldad—, donde lo creativo se sostiene en un balance inflacionario, precario e impredecible. La glosa tienta. Y que hay de aquellos que vivieron en la moledora de carne del siglo XX. De aquel mundo donde el Holocausto y el Gulag no terminó en profecías. En medio del momento sombrío que habitamos —qué duda cabe de ello— se alza una furia stasiológica agudizada por el frío abismal de la cuarta revolución industrial. En medio del desbande, la imaginación se recorta cuando el coro de la plaza repite; “vivimos un momento postschumpeteriano”. En efecto, una fórmula que no es sino, otra pieza del capitalismo académico intensificado, y que suena como barricada.

Con todo, la pregunta que Weber dejó abierta reaparece intacta. Si el capitalismo victorioso «descansa en fundamentos mecánicos» y ya no necesita convicción alguna para funcionar, ¿qué lugar queda para la decisión humana sobre los fines? La inteligencia artificial agudiza el problema porque presenta cada elección política como si fuera un problema técnico. Naturaliza. Lo que era objeto de disputa, cómo distribuir un recurso, a quién vigilar, qué merece protección, se convierte en un asunto de optimización, delegable a un sistema que promete neutralidad y que en realidad hereda y amplifica los sesgos de quienes lo entrenan. La dominación se vuelve más eficaz justamente porque deja de parecer dominación. Se presenta como cálculo, y el cálculo parece no tener autor. Esta es la versión contemporánea de la impersonalidad burocrática que Weber describió, y es más difícil de combatir porque ya ni siquiera tiene un rostro al cual dirigir el reclamo.

Conviene entonces cerrar donde Weber cerraba, sin consuelo fácil pero sin resignación. Weber describió la burocratización del mundo con una imagen sombría, «la noche polar de helada oscuridad», y sin embargo insistió en que el porvenir no estaba escrito, que dependía de la capacidad de los seres humanos para introducir en el aparato una voluntad, un valor, una decisión que no fuera meramente calculada. El desafío que plantea la inteligencia artificial es exactamente ese, formulado de nuevo para nuestra época. No consiste en detener la técnica, cosa imposible, ni en confiar en que se corregirá sola, cosa ingenua. Consiste en algo mucho más arduo: en reintroducir la racionalidad sustantiva justo allí, en el corazón del terreno diseñado para expulsarla. En volver a preguntar por los fines precisamente donde solo se nos ofrecen medios cada vez más perfectos y cada vez más mudos. En recordar, contra toda la evidencia del cálculo, que ninguna optimización —por prodigiosa que sea— responde jamás a la única pregunta que define una vida digna: la pregunta por lo que vale la pena. Esa pregunta la máquina no puede formularla; ni siquiera puede oírla. Nosotros todavía sí. Y en esa diferencia —delgada, frágil, casi nada— se decide todo: si la jaula será una prisión de la que ya nadie sabrá que está preso, o apenas una herramienta que sabremos poner en su sitio. Weber no nos dejó la respuesta. Nos dejó algo más exigente y más valioso que cualquier respuesta: la obligación de no dejar de plantear la pregunta, una y otra vez, mientras quede alguien capaz de hacerla.

Ver nota original en:https://ficciondelarazon.org/2026/07/08/mauro-salazar-j-la-inteligencia-artificial-y-el-desencantamiento-del-mundo-una-nota-weberiana-sobre-la-racionalizacion-capitalista/

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CÁTEDRA – JOSÉ JOAQUÍN BRUNNER

Mauro Salazar: La Cultura Autoritaria en Chile de José Joaquín Brunner (FLACSO, 1981)

Por: Mauro Salazar
  • Publicado el 2 de abril 2026

1. Introducción: el problema y la tesis

Hay textos que no simplemente describen una época sino que son, ellos mismos, síntomas de la fractura que intentan nombrar. La Cultura Autoritaria en Chile (Brunner, 1981, FLACSO) es uno de esos documentos en los que el pensamiento crítico latinoamericano —acorralado, desplazado, operando desde los márgenes que el régimen militar le dejaba disponibles— procuró articular un diagnóstico de la condición cultural impuesta a partir del golpe del 11 de septiembre de 1973 (Brunner, 1981). Producido en el interior mismo de la dictadura, el texto de Brunner no es una denuncia exterior al sistema que analiza sino una operación intelectual ejecutada desde dentro de sus condiciones de posibilidad: una escritura que descompone el andamiaje ideológico de la dominación usando categorías gramscianas, semióticas y materialistas que el propio régimen pretendía suprimir (Garretón, 1983; Williams, 1977).

El problema que este artículo se propone examinar puede formularse con precisión: ¿cuál es la tesis central de Brunner (1981), cuáles son sus estrategias de demostración, cuáles sus límites analíticos y cuál su vigencia para comprender las nuevas formas de dominación cultural en el presente de la ultraderecha latinoamericana? La hipótesis de lectura que lo organiza es la siguiente: el autoritarismo chileno no opera únicamente por la vía de la coerción física sino que constituye un proyecto sistemático de reconversión del campo de las representaciones —un proyecto cuya eficacia histórica reside en la destrucción de la capacidad de los sectores subalternos de concebirse a sí mismos como sujetos con un proyecto histórico propio (Brunner, 1981, p. 10)— y ese proyecto sobrevivió a la democratización formal de 1990, instalándose en la democracia como su núcleo duro no dicho (Tironi, 1990). Las páginas que siguen demuestran esa hipótesis en nueve momentos articulados.

El contexto de enunciación del texto brunneriano es inseparable de su argumento. Brunner (1981) escribe cuando la dictadura de Pinochet lleva casi una década de ejercicio sistemático del poder, cuando la institucionalidad represiva ha dejado de ser terror de excepción para convertirse en administración normalizada de la vida social (Garretón, 1983), cuando la Constitución del 80 ha pretendido dar forma jurídica permanente a lo que comenzó como golpe. Escribir sobre cultura autoritaria en ese momento no es escribir sobre algo que ya pasó: es escribir sobre el presente como herida activa. La reflexión ocurre bajo las mismas presiones que analiza, y esa proximidad forzada le otorga una tensión que los textos producidos en el exilio o en la posteridad democrática difícilmente podrían reproducir. Brunner no escribió para el vacío académico sino para los cuadros intelectuales de una izquierda que necesitaba comprender la derrota para rearticularse (Brunner y Catalán, 1985).

2. Alcance analítico

Esta nota es un estudio teórico-crítico inscrito en la tradición de las ciencias sociales latinoamericanas. Su procedimiento central es la lectura sistemática de Brunner (1981) mediante un protocolo de análisis por categorías: hegemonía y representación, estrategias de dominación, periodización interna del autoritarismo, economía política de la cultura y sujeto resistente. Cada categoría es examinada en su formulación original, contrastada con los marcos teóricos que Brunner moviliza —Gramsci (1975), Poulantzas (1978), Althusser (1970), Williams (1977)— e interrogada desde las lecturas críticas producidas en las cuatro décadas posteriores a la publicación del texto (Richard, 1994; Tironi, 1990; Garretón, 1983; Harvey, 2005; Mouffe, 2018).

3. Hegemonía, campo y representación

El andamiaje conceptual de La Cultura Autoritaria en Chile descansa sobre tres pilares que Brunner (1981) articula sin reducir ninguno al otro. El primero es la noción gramsciana de hegemonía (Gramsci, 1975), desplazada hacia el terreno específico de la cultura chilena: la dominación de clase no se sostiene únicamente por la fuerza sino por la capacidad de la clase dominante de presentar sus intereses como intereses universales, de naturalizar su visión del mundo como el único mundo posible (Williams, 1977). El segundo es la noción bourdieuana de campo cultural como espacio con autonomía relativa (Bourdieu, 1992) —dotado de sus propias reglas de funcionamiento, sus propias jerarquías internas y sus propias lógicas de legitimación que no se reducen directamente a la dominación de clase—, lo que permite explicar por qué ciertos subcampos resistieron más que otros. El tercero, que sostiene el método brunneriano aunque no siempre lo explicite, es la exigencia de una economía política de la cultura: la superestructura simbólica no flota en el aire de las ideas sino que tiene condiciones materiales de producción identificables —editoriales, presupuestos, financiamientos— sin las cuales ninguna práctica de sentido, ni dominante ni resistente, puede ocurrir ni reproducirse (Williams, 1977; Althusser, 1970).

Sobre esa base, Brunner (1981) construye una distinción analítica que el artículo considera su aporte más duradero: la diferencia entre dominación y legitimación. Dominar por la fuerza y lograr que esa fuerza sea percibida como orden legítimo son procesos históricamente desacoplados (Poulantzas, 1978). El autoritarismo chileno exhibió una capacidad de coacción sistemática y sostenida, pero su legitimidad cultural fue siempre parcial, sectorial, disputada en los bordes (Tironi, 1990). Reconocer esa fractura no es un matiz sino la condición para entender por qué el régimen necesitó producir incesantemente consenso allí donde la coerción sola no alcanzaba para garantizar la reproducción del orden (Gramsci, 1975).

4. La tesis brunneriana: una violencia sobre los signos

La tesis vertebral de Brunner (1981) puede formularse así: lo que el golpe del 73 destruyó no fue únicamente un gobierno o un programa económico sino un lenguaje. La violencia de 1973 fue, en un nivel que excede lo institucional, una violencia sobre los signos, sobre los correlatos de realidad que acompañaban al proyecto popular, sobre las conexiones semánticas mediante las cuales las mayorías podían reconocerse en un horizonte común de acción y de sentido. «No se borra un país», escribe Brunner (1981, p. 7), «lo que se borra es la consistencia de su lenguaje, el correlato de la realidad que acompañaba su proyecto mayoritario». Reapropiarse de los sentidos de un lenguaje, de sus conexiones con la realidad, será siempre una de las líneas programáticas de la clase dominante: en ello se jugará la permanencia de su hegemonía (Gramsci, 1975; Althusser, 1970).

Para demostrar esa tesis, Brunner (1981) historiza el signo literario. Traza una genealogía de la literatura chilena —con Neruda como figura axial— para mostrar cómo la irrupción de una gran poesía vinculada a los movimientos populares fue, antes que un fenómeno estético, un acontecimiento político: el momento en que los vencidos comenzaron a hablar. «Entre el mestizo Garcilaso de la Vega y Neruda, entre los Comentarios Reales y las Residencias, sucedió que los vencidos —también por vez primera— hablaron» (Brunner, 1981, p. 9). El golpe no solo destruyó ese lenguaje: destruyó la capacidad de representar alternativas, de sostener proyectos utópicos, de concebir el socialismo como algo más que una abstracción perseguida. Brunner (1981, p. 10) denomina ese efecto el «derrumbe de la irrealidad»: la pérdida de la capacidad imaginaria que es la condición de cualquier acción colectiva coordinada (Williams, 1977).

Cabe precisar aquí por qué Brunner (1981) no recurrió a la categoría de fascismo para nombrar lo que analizaba —omisión que no es descuido sino rigor. El fascismo nombraba un fenómeno histórico europeo con especificidad propia: partido de masas, movilización nacionalista exaltada, corporativismo. Nada de eso coincidía con lo que ocurría en Chile, donde la burguesía no movilizaba masas sino que las atomizaba, no construía un partido sino que los disolvía todos, no convocaba al pueblo a la plaza sino que lo devolvía al cuarto privado, individuo por individuo, consumidor por consumidor. El aparato conceptual disponible —Gramsci, Foucault, Weber, Habermas— le proporcionaba categorías más exactas y, sobre todo, más perturbadoras: la hegemonía como dirección cultural que no necesita el garrote para imponerse, el disciplinamiento como producción de obediencia inscrita en los cuerpos antes que decretada sobre ellos, el mercado como mecanismo de integración post-represiva que convierte la dominación en sentido común. Llamar «fascismo» al autoritarismo chileno habría sido, paradójicamente, subestimarlo: habría permitido localizarlo en el tiempo, periodizarlo con comodidad, compararlo con algo ya conocido y ya derrotado. La categoría de «modo de dominación autoritaria» era más incómoda precisamente porque describía algo que podía sobrevivir a sí mismo, mudar de forma, habitar la democracia desde adentro y no necesitar uniforme para seguir siendo lo que era.

5. Las estrategias del modo de dominación autoritaria

5.1. El sistema como argumento

Brunner (1981) organiza el análisis de las estrategias de dominación en cuatro conjuntos que no operan en secuencia sino como sistema interdependiente: privatización del poder y las influencias; creación de un espacio público administrado; integración a través del mercado; socialización estamentaria. Lo que esa cuádruple articulación demuestra es que el autoritarismo chileno no se sostiene por la fuerza bruta sino por la producción sistemática de conformismo pasivo: la obediencia no se exige sino que se formatea en los cuerpos a través de la estructura misma de la vida cotidiana (Brunner, 1981; Foucault, 1975).

El aporte analítico decisivo de esta sección es la distinción entre represión y reconversión como fases diferenciadas del mismo proyecto. La represión —más intensa entre 1973 y 1976— fue la condición de posibilidad de la reconversión posterior, pero no su sustituto. La reconversión es más eficaz que la represión precisamente porque no necesita renovarse: una vez inscrita en los hábitos, en las expectativas, en la gramática del deseo, se reproduce sola. El «disciplinamiento de la sociedad» no es una metáfora: es el nombre técnico de un proceso por el cual la dominación de clase deja de depender de la amenaza directa para operar a través de la distribución diferencial de las oportunidades de vida (Brunner, 1981, p. 31; Foucault, 1975).

6. La paradoja constitutiva: autoritarismo y modernización

El aporte más desconcertante de Brunner (1981) es quizás el que menos ha sido reconocido: la demostración de que el autoritarismo chileno no es un fenómeno de resistencia a la modernidad sino su agente más radical. La revolución capitalista que ejecuta la dictadura no es un retorno al pasado oligárquico: es una modernización acelerada, forzada, cuyo instrumento es la coerción estatal y cuyo resultado es la instalación del mercado como principio universal de organización social (Harvey, 2005). La paradoja reside en que ese proceso requirió, para realizarse, la destrucción de las bases culturales que habían hecho posible la participación popular en la modernización anterior: la cultura de compromiso, el Estado redistributivo, la educación como derecho social.

Esta paradoja autoriza una lectura que excede el período dictatorial: el autoritarismo chileno no produjo una modernidad incompleta sino una modernidad de clase, cuya peculiaridad es haber privatizado el proceso mismo de auto-formación de la sociedad, reservando la creatividad social para la clase que controla el capital y convirtiendo al resto en consumidores de una cultura que no produjeron y que no pueden modificar. Ese es el «disciplinamiento» en su sentido más profundo: no la prohibición de hacer sino la producción de sujetos que no conciben la posibilidad de hacerlo de otro modo (Brunner, 1981; Gramsci, 1975).

7. Las fracturas del sistema: actores, resistencias y límites analíticos

7.1. Los límites del texto

Un análisis honesto de Brunner (1981) no puede eludir sus silencios constitutivos. El primero: la ausencia del sujeto popular como agente activo. El texto describe la dominación con una precisión que no tiene equivalente en la producción intelectual del período, pero la resistencia aparece solo como posibilidad teórica, raramente como práctica documentada. El teatro poblacional, la organización vecinal, los colectivos culturales clandestinos, las redes de solidaridad que sostuvieron la vida comunitaria bajo la represión: todo eso existe en el período pero no en el texto (Richard, 1994). Una teoría de la hegemonía sin su contradicción interna tiende a replicar, inadvertidamente, la imagen totalizante del poder que pretende criticar (Gramsci, 1975; Williams, 1977).

El segundo silencio es el género. La dominación autoritaria operó de manera específica sobre los cuerpos de las mujeres —como reproductoras del orden doméstico, como víctimas específicas de la tortura sexual, como agentes de resistencia en los organismos de derechos humanos, como pobladoras que sostuvieron la vida comunitaria cuando los partidos fueron ilegalizados. Esa dimensión está enteramente ausente del texto brunneriano, y su ausencia no es inocente: refleja el punto ciego de una tradición analítica que concibe la clase como categoría neutra y la cultura como campo sin diferencia sexual (Brunner, 1981).

7.3. La autocrítica brunneriana y el precio de la posición

Hay una pregunta que el análisis honesto de la trayectoria brunneriana no puede eludir: ¿por qué la categoría de autoritarismo fue suspendida durante la transición, a sabiendas de las advertencias que Moulian formulaba sobre el «transformismo» y Garretón sobre los enclaves autoritarios? La respuesta no reside solo en el rigor teórico sino también en el costo de la posición institucional. Al hacer parte de los gobiernos de la Concertación, Brunner asumió un desplazamiento que lo llevó a defender como logro lo que su propia analítica anterior había descrito como reconversión del disciplinamiento (Moulian, 2002). La categoría de autoritarismo fue suspendida no por insuficiencia teórica sino también por efectos de campo: mientras Garretón sostenía los enclaves autoritarios y Moulian describía el Chile Actual como anatomía de un mito, Brunner ofrecía el «Bienvenidos a la modernidad» en clave de tercera vía, suturando con el optimismo modernizador la herida analítica que él mismo había abierto en 1981 (Brunner, 1995). Lo que se echa de menos en esa trayectoria es la responsabilidad democrática: la metáfora de la «ilusión» que Brunner desplegó en sus trabajos posteriores debería haber alcanzado para explorar el propio carácter neoliberal del proceso político que él contribuyó a construir. La suspensión de la categoría fue el precio conceptual que se pagó por la participación institucional: se archivó el nombre para poder habitar la cosa.

Con todo, sería intelectualmente deshonesto no reconocer la tensión que esa posición encerraba sin resolverla en simple traición. Defender la transición desde dentro fue también —y no solo cínicamente— la única estrategia disponible para quien quería incidir en ella y no meramente describirla desde la pureza exterior de quien no arriesga nada al juzgar. La democracia que la Concertación construyó, con todos sus enclaves y sus silencios constitutivos, produjo diferencias reales: libertades recuperadas, derechos parcialmente restituidos, movilidades sociales que el autoritarismo había clausurado. Borrar esas diferencias en nombre de la continuidad estructural es cometer el error simétrico al que se denuncia: naturalizar la «reconversión» hasta el punto en que la democracia y la dictadura se vuelven indistinguibles, y esa indistinción no es más crítica que su opuesto —es, simplemente, otra forma de no ver.

Queda, sin embargo, una pregunta que ninguna reivindicación de la posición institucional resuelve del todo: si habitar el proceso era la condición de incidir en él, ¿en qué momento el costo conceptual deja de ser precio consciente y se convierte en deuda impagada? La exterioridad tiene sus trampas; pero la interioridad tiene las suyas —y la más silenciosa de ellas es confundir la renuncia a juzgar con la madurez de quien ya no necesita hacerlo.

Lo que el artículo no debería, sin embargo, clausurar es la pregunta por el estatuto del propio Brunner como problema abierto. Convertirlo en síntoma —en prueba de lo que ocurre cuando el intelectual habita el poder— es también una forma de no leerlo: la que fija el personaje para no tener que seguir pensando con él. Un texto que sobrevive cuarenta años no es un síntoma: es un interlocutor que todavía hace preguntas que el presente no sabe responder sin su ayuda.

Hay además un riesgo específico en la crítica intelectual de izquierda cuando convierte la trayectoria de sus propios pensadores en relato de caída: el de transformar el análisis en moralidad, la explicación en condena, la complejidad histórica en lección edificante. Ese gesto —más cómodo que honesto— suele decir más sobre la necesidad de pureza del que juzga que sobre la responsabilidad real de quien es juzgado.

Resta, sin embargo, una concesión que la honestidad intelectual exige hacer sin atenuantes: toda la arquitectura de este artículo —incluyendo sus matices y sus autocorrecciones— opera desde un lugar que no es el de Brunner. Describe el dilema del intelectual interior al proceso con la precisión de quien lo observa desde afuera. Y esa distancia, por más que se reconozca y se problematice, no deja de ser una posición —la del análisis que nombra la apuesta sin haberla jugado, que entiende el riesgo sin haberlo corrido, que habla de la transformación desde adentro sin haber tenido que decidir, alguna vez, qué se abandona para que algo cambie.

7.4. Marco comparado latinoamericano

La especificidad del caso chileno no se afirma: se demuestra, y solo se demuestra contra el fondo de lo que la rodea y la diferencia. Las dictaduras argentina, brasileña y uruguaya desplegaron estrategias culturales distintas —distintos regímenes de visibilidad, distintas políticas de la memoria, distintas relaciones entre mercado y represión— y es precisamente esa diferencia la que permite comprender qué tiene de irreductiblemente propio el caso chileno: la introducción del neoliberalismo como principio organizador de la cultura, operación que ninguna otra dictadura del Cono Sur ejecutó con esa radicalidad ni con esa coherencia doctrinal (Harvey, 2005; Tironi, 1990). Ese proyecto no operó en el vacío internacional: fue sostenido por redes de legitimación que incluían la Chicago School, fundaciones norteamericanas y think tanks anglosajones cuya función fue convertir el anticomunismo en programa cultural exportable (Harvey, 2005).

8. Vigencia: herencias de la dominación cultural y gubernamentalidad punitiva

La hipótesis de vigencia que este artículo sostiene —con fundamento teórico e histórico, no en medición cuantitativa— es que las categorías producidas por Brunner en 1981 se han vuelto más urgentes que nunca en los momentos de emergencia de la ultraderecha latinoamericana, porque la paradoja que él describió —autoritarismo como condición de la modernización— se reactualiza cada vez que un proyecto político decide que la reconversión del lenguaje es más eficaz que la represión directa (Mouffe, 2018). Lo que el marco analítico brunneriano permite ver, y que ningún otro instrumental teórico del período permite ver con igual precisión, es que las nuevas derechas radicales no producen la dominación cultural: la heredan y la administran. Reciben la destrucción de la capacidad de representación colectiva que el autoritarismo ejecutó y la actualizan mediante dispositivos cuya lógica Brunner ya describió: la privatización de lo social, la administración del espacio público enunciativo, la integración controlada de voces disidentes, la socialización de los valores del orden como deseo individual.

La transición no liquidó el autoritarismo: lo reconvirtió en algo más eficaz que sí mismo. Lo desplazó desde el nivel de la institución represiva —donde era visible, nominable, impugnable, susceptible de ser señalado con el dedo de la denuncia— hacia el nivel de la subjetividad formateada, donde opera sin decreto y sin garrote, metabolizado en sentido común, disuelto en los gestos cotidianos de quienes no recuerdan haberlo aprendido. Lo que la democratización formal de 1990 produjo no fue la superación del modo de dominación autoritaria sino su más eficaz invisibilización: la privatización de lo social, la atomización de la conciencia colectiva, la mercancía como sustituto del símbolo político pasaron a funcionar bajo el signo de la «libertad» en lugar de bajo el signo del miedo —y esa sustitución de signo es precisamente lo que hace de la transición no una ruptura sino una continuidad disfrazada de cambio. La categoría sobrevive, entonces, no como descripción de un régimen sino como diagnóstico de una subjetividad: la que el autoritarismo formateó tan profundamente que pudo instalarse en la democracia como su condición no dicha, su núcleo duro, su herencia activa disfrazada de normalidad adquirida.

Esa vigencia adquiere su formulación más precisa ante la emergencia de la gubernamentalidad punitiva que instala el gobierno de Kast desde el 11 de marzo de 2026. La diferencia estructural entre el autoritarismo que Brunner analizó y esta nueva forma de dominación no reside en la intensidad de la violencia sino en su fuente de legitimación —y esa distinción no es menor ni accesoria: es la que define el salto cualitativo entre dos regímenes de producción del miedo. La dictadura necesitaba el decreto de excepción para coercionar; necesitaba la suspensión de la norma para ejercer la norma. La gubernamentalidad punitiva contemporánea declara la guerra contra el crimen organizado como «retorno del Estado donde ha sido expulsado» y lo hace con papeleta de votación, con mayoría electoral, con el consentimiento activo y masivo de los gobernados. Eso es exactamente lo que Brunner no podía anticipar desde 1981: que el disciplinamiento sobreviviría tan eficazmente a su propio régimen que terminaría siendo elegido —que la subjetividad formateada por el autoritarismo produciría, cuarenta años después, el voto que ese autoritarismo necesitaba para legitimarse sin uniforme.

El desplazamiento semiótico que esa transición implica no puede subestimarse. El autoritarismo de 1973 operaba sobre el enemigo de clase: el movimiento popular, la conciencia organizada, el lenguaje de los vencidos, la capacidad de representación colectiva de las mayorías. La gubernamentalidad punitiva opera sobre el enemigo de cuerpo: el migrante irregular, el narcotraficante transfronterizo, el cuerpo extraño que «desborda» la frontera y «contamina» el orden. No es la clase subalterna lo que se disciplina ahora en primer plano sino la figura racializada del intruso. El hardware material de ese miedo administrado —muros de cinco metros, zanjas, cercos electrificados, drones de reconocimiento facial— no es una metáfora del orden: es su infraestructura concreta, la tecnología que convierte el pánico en política sin necesitar la sala de tortura. Lo que cambió es el sujeto del disciplinamiento —de la clase al cuerpo migrante— y la tecnología de su producción —del estado de excepción al voto mayoritario. Lo que no cambió es la función: reconstituir el monopolio de la creatividad social en manos de la clase que controla el mercado, ahora con el algoritmo del miedo como mecanismo de integración donde antes operaba la tortura.

Esta lectura del presente —lo que podría llamarse provisoriamente «kastización», a sabiendas de que el término no es una categoría sino una designación de trabajo que requiere su propia problematización: nombra un proceso antes que un estado, una dirección antes que un destino— no está, sin embargo, exenta de la tensión que ella misma debería reconocer. Hay un riesgo analítico que la propia arquitectura del argumento introduce: el de naturalizar la categoría de «reconversión» hasta el punto en que la democracia chilena aparece como simple continuación del autoritarismo bajo otro nombre —operación que, al borrar las diferencias reales en materia de libertades recuperadas, derechos restituidos y movilidades sociales que la Concertación efectivamente produjo, termina homologando lo que es estructuralmente análogo pero históricamente distinto. La distinción importa: no como concesión al optimismo transicional sino como exigencia de precisión conceptual, porque un análisis que colapsa todos los momentos en una sola lógica de dominación continua pierde la capacidad de explicar por qué la gubernamentalidad punitiva necesitó cuarenta años para producirse electoralmente y no simplemente se instaló en 1990. Más grave aún es el riesgo de que el análisis de la nueva derecha radical use el aparato conceptual brunneriano para producir exactamente el tipo de denuncia que Brunner (1981) criticó en los primeros años post-golpe: la denuncia que nombra pero no explica, que diagnostica la estructura pero no abre ninguna pregunta sobre cómo intervenirla, que convierte la descripción del poder en sustituto de la política. Un análisis que sabe con precisión lo que ocurre pero no formula ninguna hipótesis sobre qué hacer con ello —ninguna línea de fractura, ningún actor, ninguna práctica— cumple una función catártica para quien lo lee pero no añade nada al campo de posibilidades que pretende abrir. El texto de Brunner (1981) no cometió ese error: terminaba con una pregunta sobre las condiciones de posibilidad de la resistencia. Esta sección tiene la obligación de no cometerlo tampoco.

Y sin embargo el malestar de Brunner ante ese riesgo no es solo metodológico: es también el malestar ante un modo de escritura que encuentra en la exactitud del diagnóstico su propio consuelo —que se satisface con haber nombrado la cosa sin preguntarse si nombrarla transforma algo. La radicalidad teórica puede ser, ella misma, una forma de conformismo: la que sustituye la incomodidad de proponer por el prestigio de denunciar, la que convierte la impotencia práctica en virtud crítica y la distancia analítica en posición política. Brunner lo dijo en 1981 de otro modo: el problema no es solo la dominación sino la incapacidad de imaginar su interrupción.

9. Conclusión: lo que el diagnóstico abre

Este artículo ha demostrado la hipótesis con la que se abrió: el autoritarismo chileno constituyó un proyecto sistemático de reconversión del campo de las representaciones cuya eficacia histórica reside en la destrucción de la capacidad de los sectores subalternos de concebirse como sujetos históricos (Brunner, 1981), y ese proyecto sobrevivió a la democratización formal instalándose en la democracia como su condición no dicha (Tironi, 1990; Garretón, 1983). La tesis brunneriana —que la dominación de clase es, en última instancia, una dominación sobre las posibilidades de representación (Gramsci, 1975; Williams, 1977)— no solo describe el Chile de 1973-1981: describe la forma general en que el poder opera sobre el lenguaje cada vez que necesita reproducirse sin coerción directa (Foucault, 1975).

Tres consecuencias analíticas se siguen de lo anterior. Primera: el análisis de la cultura autoritaria no puede separarse de una economía política de la producción cultural (Williams, 1977) —quién financia, bajo qué condiciones materiales, con qué recursos— porque la superestructura simbólica tiene siempre un suelo material sin el cual ninguna práctica de sentido puede ocurrir ni reproducirse. Segunda: la distinción entre represión y reconversión, y la periodización de sus fases (Brunner, 1981; Garretón, 1983), es la condición para comprender no solo el pasado autoritario sino el presente democrático que ese pasado configuró (Tironi, 1990). Tercera: la categoría de «dominación cultural» solo tiene potencia analítica si va acompañada del sujeto que resiste —el teatro poblacional, la música de raíz, la organización comunitaria (Richard, 1994)— porque una estructura sin contradicción es, por definición, una estructura sin historia (Williams, 1977; Gramsci, 1975).

La agenda de investigación que este análisis abre es precisamente la que Brunner (1981) no podía formular porque el objeto no existía todavía: ¿cómo se actualizan las estrategias de dominación cultural en los nuevos regímenes de circulación de la palabra pública?, ¿qué nuevas formas de atomización de la conciencia colectiva producen las industrias culturales contemporáneas?, ¿qué versión actualizada del «derrumbe de la irrealidad» opera cuando la lógica del espectáculo sustituye al espacio público deliberativo (Ossa, 1999)? Responder esas preguntas requiere el marco analítico de Brunner —su articulación entre hegemonía, representación y conciencia de clase (Gramsci, 1975; Williams, 1977)— y los instrumentos que las ciencias sociales críticas contemporáneas han desarrollado para el análisis del discurso político, la sociología de los medios y los estudios culturales comparados. La vigencia de un texto no se mide por su actualidad sino por su capacidad de hacer preguntas que el presente todavía no sabe hacerse a sí mismo (Brunner, 1988; Mouffe, 2018). La pregunta no es si el texto de 1981 sigue siendo relevante: es por qué seguimos necesitando un texto de 1981 para leer el presente.

Queda, sin embargo, la pregunta que este artículo no responde y que Brunner —que escribió en 1981 para una izquierda que necesitaba rearticularse— formularía sin cortesía: ¿para quién escribe este texto, y qué espera que haga con él? Saber leer el poder con precisión no es lo mismo que saber interrumpirlo. Y un análisis que termina donde debería empezar la política no ha terminado: se ha detenido en el umbral más conveniente.

Ver nota original en:https://brunner.cl/2026/03/mauro-salazar-la-cultura-autoritaria-en-chile-de-jose-joaquin-brunner-flacso-1981/