NOTICIA
Una epistemología del Sur. Una crónica del reconocimiento
La pregunta que no deja de replantearse en el campo de los estudios de comunicación es la siguiente: ¿qué le ocurre al periodismo cuando los medios se concentran, cuando los códigos cognitivos se simplifican, cuando la circulación de sentidos queda atrapada en los muros universitarios? No se trata de una pregunta nueva, pero adquiere una urgencia particular en esta década. El mapa de la concentración mediática en América Latina, y en Chile particularmente, revela una paradoja incómoda: mientras se multiplican las plataformas, los flujos informativos siguen siendo canalizados por un puñado de corporaciones que establecen qué se ve, qué se oculta, qué se amplifica. Es allí donde cobra sentido examinar no solo la estructura de la propiedad de los medios, sino algo más profundo: el régimen de cognición que tales estructuras imponen en medios de las velocidades del capital.
La concentración mediática no es simplemente un problema económico, afirma una reflexión que circula en los pasillos del pensamiento crítico latinoamericano. «Es una captura de las formas mismas en que se produce sentido». Cuando tres o cuatro grupos empresariales controlan la mayoría de la circulación informativa, lo que se juega no es solo la propiedad de empresas periodísticas, sino el ordenamiento de lo visible y lo invisible, de lo decible y lo indecible. El periodista que trabaja bajo tales estructuras enfrenta una doble constreñimiento: el del mercado y el de la arquitectura del silencio. Es decir, no solo se le impide escribir ciertas cosas porque afectan intereses económicos de sus patrones, sino que la propia lengua disponible ha sido ya empequeñecida, sometida a regímenes de simplificación cognitiva que hacen que ciertos objetos de investigación parezcan incomprensibles o directamente invisibles.
Pensar un periodismo crítico hoy, se diría entonces, «es pensar contra esa captura». Pero ¿qué significa pensar contra las exclusiones abigarradas? ¿Significa simplemente denunciar la concentración, escribir columnas que publicitan la injusticia? Eso es necesario, claro está. Pero insuficiente. Lo que se requiere es una transformación de las formas mediales en que el periodismo se produce, se circula, se lee en medio del oligopolio cognitivo. Una crónica del siglo XXI no puede seguir los protocolos de la crónica del siglo veinte: aquella que trazaba una línea recta entre el reportero, los hechos, la página, el lector. Esa arquitectura ha sido ya rebasada por las tecnologías, por los regímenes de atención fragmentada, por la multiplicación de voces que compiten en espacios sin tradicionales filtros de validación. Conviene recordar que Roberto Arlt, cronista de aguafuertes porteñas, había intuido ya que la ciudad no se recorre sino se descifra, que sus calles son un texto cifrado donde el delirio y la técnica conversan sin jerarquía: inventó así una manera de conectar la ciudad que ningún manual de periodismo enseñaba. Esa lección resuena hoy con una fuerza inesperada: en tiempos del Antropoceno, cuando la inteligencia artificial rediseña los modos de narrar el desastre, la imaginación vuelve a ser la única herramienta capaz de conectar lo disperso, de tender un hilo entre el dato y el relato, entre la máquina y la intemperie que habitamos.
Lo que emerge como necesidad, entonces, es una experimentación formal. «Nuevas formas mediales» es una expresión que podría parecer vacía, pero que tiene un contenido preciso: se trata de investigar cómo la investigación periodística puede convivir con formatos que no responden exclusivamente a la lógica de la noticia. Podcasts que desgranan capas de contexto histórico. Documentales que practican una arqueología de discursos. Libros que se actualizan. Bases de datos que se narran. Laboratorios de investigación visual. No se trata de moda, sino de una urgencia formal que nace del reconocimiento de que el régimen de verdad en el periodismo tradicional ha sido ya desmantelado, y que solo nuevas sintaxis contigenciales pueden reconstituir la autoridad de quien investiga.
En ese contexto es donde adquiere particular relevancia la posición que ha desarrollado, desde la dirección del Doctorado en Comunicación de la Universidad de La Frontera, el Dr. Carlos del Valle Rojas. Su trabajo ha consistido en articular precisamente eso que se acaba de nombrar: una reflexión sobre la necesidad de nuevas formas de investigación periodística y de producción de conocimiento crítico que responda a las exigencias de un presente donde la concentración y la simplificación cognitiva son hechos estructurantes. «Del Valle ha insistido», puede decirse, «en que la universidad no puede simplemente adaptar sus protocolos académicos a los regímenes existentes de comunicación, sino que debe ser el espacio donde se experimenta, donde se inventan, donde se provocan otras formas de hacer, de pensar, de circular lo que se conoce».
El Colegio de Periodistas de Chile, en su capítulo regional de La Araucanía, reconoció recientemente esta contribución, destacando su trayectoria, su contribución en investigación para el desarrollo regional, su profesionalismo y su destacado trabajo académico. Tal reconocimiento no es ceremonial: es el reconocimiento de que existe una posición diferente, una que piensa el periodismo y la comunicación (sus mediaciones) no como sectores independientes del campo intelectual, sino como territorios donde se juega la posibilidad misma de una crítica que sea todavía viable en tiempos de captura cognitiva.
Pero aquí hay algo más, se diría. «El reconocimiento viene desde el Sur, desde una región donde las formas expresivas y mediales padecen una epistemología del no ver». Donde lo que se escribe, lo que se investiga, lo que circula como conocimiento ha sido históricamente ocluido por las geografías del poder que se concentran en Santiago. Carlos del Valle opera precisamente en ese espacio periférico, transformando los extramuros en un laboratorio donde la invisibilidad se convierte en capacidad crítica.
¿Qué es, entonces, lo que tal posición propone? «No es el rechazo melancólico del periodismo tradicional», podría sintetizarse. Es la afirmación de que la investigación crítica requiere experimentar con sus formas, que la crónica contemporánea tiene que aprender a convivir con datos, con arqueologías de discurso, con archivos que se cuestionen a sí mismos. Es una propuesta que toma en serio el diagnóstico de la concentración sin caer en el nihilismo, que reconoce los límites de la escritura periodística sin abandonarla, que busca en la universidad un espacio donde lo experimental no sea una ruptura con lo académico sino su radicalización.
La tarea que queda, entonces, es aquella que ya ha comenzado: pensar cómo se escribe en tiempos de captura mediática. Pensar cómo la crítica puede reinventarse. Pensar cómo un periodismo que sea todavía crítico, que cuestione la concentración y la simplificación, puede producirse desde márgenes, desde universidades, desde laboratorios y extramuros de experimentación formal. «No es trabajo de una sola voz», se diría. «Es trabajo de una comunidad que decide que el acto de investigar, de escribir, de producir formas nuevas de conocimiento, sigue siendo posible, sigue siendo necesario». Es en ese sentido que la dirección académica que Carlos del Valle ha ejercitado adquiere importancia no solo regional, sino como modelo de lo que podría ser una crítica que no se rinde ante la concentración, sino que la nombra, la analiza, y sobre todo, la resiste mediante la invención de nuevas formas que litigan contra las jerarquía corporativas.
En conclusión, el desafío del periodismo crítico en tiempos de concentración no es únicamente defender lo que existe. Es inventar lo que puede existir. Es reconocer, como lo ha hecho la trayectoria del profesor del Valle Rojas, que la universidad es un espacio estratégico donde esa invención es posible, donde nuevas formas mediales pueden experimentarse, donde la crítica puede todavía habitar las ciudadanías universitarias y los territorios de lo público. Eso es lo que está en juego, finalmente: «la posibilidad misma de un futuro para el pensamiento crítico en comunicación».



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