COYUNTURA

Santos por chat

Por: Ana María Castillo – Rodrigo Browne Sartori
  • Publicado el 04 de agosto 2026

Uno diría que todos los negocios tienen un límite, pero sabemos hace tiempo que no. Sabemos que, como siempre, todas las áreas de mercado incorporan avances tecnológicos para lograr objetivos de manera más eficaz, aunque a veces esto disminuye la sensación de calidad para los clientes o, de frentón, implique un perjuicio.

Ya nos pasó con las cajas de pago automáticas. No estamos hablando solo de los trabajos perdidos sino de la experiencia del cliente. ¿A usted le cobran menos por atenderse solo?

Poco a poco hemos consentido que el contacto humano de servicio se vuelva virtual. Pagamos la comida, la ropa y el transporte a través de máquinas. En el banco lidiamos con las plataformas que nos otorgan crédito -o no- de manera automática. Compramos bonos o pedimos reembolsos a las instituciones de salud a través de sus mecanismos de atención virtual. Últimamente también delegamos la planificación de nuestros viajes, dietas y sesiones de ejercicio a los chatbots de IA. No hablemos ya de nuestra atención psicológica y médica; aunque se haya prohibido que las IA generativas den consejos médicos, siguen actuando como mecanismos de orientación y estamos estudiando cómo esto influye en la adherencia terapéutica en atención primaria y en general.

Solo para cerrar el listado de interacciones, que no es exhaustivo en lo absoluto, no se puede dejar fuera el comercio de servicios sexuales o de acompañamiento emocional y/o erótico. En este ámbito habría que diferenciar el trabajo sexual virtual que hacen personas a través de las más diversas plataformas, pero también la masificación de acompañantes virtuales generados a partir de chatbots de IA o los millones de videos generados artificialmente.

A este panorama, y que se disculpe lo rápido, se suma el emprendimiento de Joaquín Lavín en Chile, que permite a los fieles interactuar con el santo de su preferencia desde su Whatsapp, el espacio más íntimo que conservamos de interacción (para bien y para mal). El santo responde a nuestras preguntas y nos acompaña en nuestra búsqueda de consuelo o en la intercesión por alguna aflicción; también en el gozo por alguna alegría que se quiera poner en manos de Dios. Pero, igual que en todos los casos anteriormente mencionados, Lavín olvidó el cuerpo.

¿Acaso la pérdida del cuerpo en la interacción no empobrece también la manifestación de la fe?

La idea es ingeniosa. Al menos la aplicación de la tecnología a este campo y de esta manera lo es. No es algo nuevo: las redes están inundadas de piolines que bendicen el día y el contenido sobre religión abunda, pero la posibilidad de hablar con nuestro santo preferido es una buena idea. Lo que se discute es, primero, la mercantilización de la necesidad espiritual. Porque, convengamos, cobrar seis mil pesos mensuales por activar un chatbot de acompañamiento espiritual es eso: lucrar con las creencias de las personas. Lo segundo es que se hace desaparecer la necesidad de estar con otros. Se cambia el acompañamiento colectivo y la generación de comunidad para privilegiar el individualismo y la atención “en la comodidad de su Whatsapp”. Todo lo contrario de lo que busca cualquier iglesia. Allí donde triunfó Youtube, que permitía un espacio de congregación durante la pandemia de Covid, aparecen los chatbots, que ya ni siquiera nos obligan a estar con otros, tenemos comunicación directa.

Pero ¿dónde queda el cuerpo, el espacio compartido, el templo? Las comunidades religiosas en muchos pueblos de Chile aportan un porcentaje de sus ingresos a la mantención de los templos, de las personas que actúan como guías espirituales, son contribuyentes a lo común. ¿La tarifa del emprendimiento de Lavín aporta a ese bien común de contención espiritual, de creación de comunidad? ¿Qué pensaría Sor Teresa de Calcuta de que sus escritos se usen para esta idea de inversión?

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