COYUNTURA

Ciencia de la no ciencia. Hacia una devaluación programada de las humanidades
En los últimos años, América Latina ha sido testigo de un avance conservador y tecnocrático que, bajo la bandera de la “productividad” y el “crecimiento económico”, ha emprendido una ofensiva directa contra el pensamiento crítico.
Las administraciones de figuras como Jair Bolsonaro en Brasil, Javier Milei en Argentina y las propuestas programáticas de José Antonio Kast en Chile encarnan una visión de la sociedad en la que el presupuesto público para las artes, las humanidades y las ciencias sociales fue o está siendo drásticamente recortado, ubicándolas en un espacio secundario y minimalista, casi como disciplinas “inútiles” o denigrándolas como si fuesen unas ciencias en desecho, con el fin de priorizar, exclusivamente, las “no ciencias” que aseguran productividad, desarrollo tecnológico funcional (solamente para el tiempo inmediato y para el beneficio de muy pocos) y progreso económico sin cuidados con la ecología de la naturaleza y la ecología humana. O sea, un desarrollo que no desarrolla la calidad de vida de las personas y un progreso que destruye el planeta y la vida.
Sin embargo, esta aparente búsqueda de la eficiencia pragmática no es políticamente neutral. Al analizar estas tendencias a la luz de las teorías de la comunicación, la ecología de la cultura y de la imagen, se devela una alarmante realidad: la devaluación programada de las humanidades y del pensamiento crítico representa el paso definitivo hacia la instauración de un espacio nulodimensional (un espacio de ceros y de cuantificación pura). Un orden social en el que el ser humano es despojado de su densidad corporal, de su existencia histórica y reflexiva, y reducido a un mero punto en las estadísticas del mercado, convirtiendo esta ecuación en el campo perfecto para derivar del cuerpo al número.
La obsesión tecnocrática de estos líderes por cuantificar y evaluar la educación y la cultura bajo criterios meramente instrumentales se alinea con lo que Vilém Flusser —recogido por Dietmar Kamper— describió como el cuarto paso de la abstracción humana. A saber, la transición de la tridimensionalidad física del cuerpo al espacio nulodimensional del punto, del código y del número. De acuerdo con esta concepción, el ser humano comenzó habitando un mundo de cosas tridimensionales (la praxis material y corporal), del cual se retiró hacia la bidimensionalidad de la imagen (la observación y la imaginación), para luego refugiarse en la unidimensionalidad de la escritura lineal (la descripción histórica, el nexo y la crítica). El paso final de este repliegue —hoy completado— es la caída en la “nulodimensionalidad” de las estadísticas, los algoritmos y la demoscopia mediante la extracción de datos.
Al desmantelar el financiamiento de las ciencias sociales, las artes y las humanidades, las políticas de corte neoliberal y autoritario aceleran esta “catástrofe” de las dimensionalidades. Al extirpar el pensamiento crítico, reducen la existencia humana a fórmulas abstractas. El ciudadano deja de ser un cuerpo con memoria, historia, emociones y territorio y se transforma en una mera función cuantificable. En esta dimensión nula, ya no somos seres de carne y hueso con capacidad de agencia; somos convertidos en un “no-cuerpo” destituido de su corporeidad, meros puntos abstractos que se ocultan detrás de las etiquetas de “contribuyente”, “consumidor”, “voto” o “cliente”. Esta pérdida progresiva del cuerpo, impulsada por la hipertrofia de las métricas de rendimiento, arrebata la propiocepción —el sentido del propio cuerpo y de nuestra posición en el aquí y el ahora—, dejándonos suspendidos en una virtualidad anestesiada; dóciles ante las nuevas formas de control algorítmico que operan bajo la premisa de la “ciencia dura”, precisa y exacta como centro del conocimiento.
Las ciencias, cuando son instrumentalizadas exclusivamente por las lógicas del capital y de la productividad del Estado (también al servicio del capital y manipuladas por pocos), se enfocan en acelerar los flujos técnicos y en optimizar el rendimiento de un “cuerpo-máquina”. Sin embargo, la aceleración vertiginosa que caracteriza a nuestras sociedades contemporáneas anula el espacio para la contemplación y la introspección, o sea, para la reflexión crítica sobre la vida. Como hemos advertido en muchas ocasiones, la lectura profunda, el análisis filosófico, sociológico, antropológico, ecológico e histórico y la creación artística requieren un “tiempo lento”, un “tiempito”. Este tiempo lento es fundamental porque nos permite cifrar y descifrar los enigmas y conflictos de la cultura y de la vida, lo que se convierte en una victoria simbólica sobre la muerte y la irreversibilidad de la dualidad tiempo-espacio.
Cuando Milei, Kast y Bolsonaro, entre otros, buscan recortar presupuestos destinados a las humanidades, a la educación y a las ciencias en general bajo el pretexto de que son áreas menos productivas, están erradicando activamente el “tiempo lento” indispensable para la reflexión crítica. Así, despojado de la capacidad de descifrar, el ciudadano es domesticado y se transforma en un autómata sumiso, en un “funcionario” dependiente del aparato tecnocrático. Las políticas que desprecian el saber humanista actúan, de este modo, como potentes dispositivos de sedación social.
No obstante, al asfixiar estas disciplinas, quedamos desarmados ante una “datosfera” corporativa. El poder, hoy transmutado en un “Gran Hermano 2.0” algorítmico, extrae nuestra intimidad, nos observa y nos programa antes de que nos demos cuenta. Las decisiones políticas que privilegian exclusivamente las ciencias (mal llamadas) exactas y devalúan las humanidades no son meras medidas de austeridad fiscal ni de optimización de recursos. Son proyectos de ingeniería social, profundamente ideológicos, que buscan consolidar la nulodimensionalidad humana, un tipo de “no vida” abstracta. Al despreciar el saber humanista y ecológico, estas corrientes intentan derribar el único dique crítico que contiene la disolución de nuestra corporalidad, de nuestros vínculos afectivos y de nuestra memoria histórica frente al avance del mercado y de las tecnologías de control.
Salvo contadas excepciones, las ciencias construyen el hardware y el software de esta imponente maquinaria de control digital, pero carecen, intrínsecamente, de las herramientas críticas y hermenéuticas para interrogar el sentido y el impacto de su propia creación. Sin el contrapeso de las humanidades, las imágenes técnicas dejan de ser “ventanas” para conocer el mundo y se transforman en “biombos” que bloquean el acceso a la realidad, atrapándonos en un circuito cerrado de autorreferencialidad. En este “no-lugar” nulodimensional, el cuerpo humano es desmembrado y consumido diariamente por el flujo espectacular de la red mediática.
Las (no) políticas educativas y culturales de Kast, Milei y Bolsonaro promueven un modelo que entrena al estudiante únicamente como una pieza funcional de la maquinaria de producción (el cuerpo-máquina), despojándolo de su capacidad de resistencia. Al clausurar las ciencias sociales, se elimina la capacidad de “devorar” críticamente las ideas e imágenes que nos impone el poder, para evitar ser nosotros mismos la “comida” del banquete tecnocrático.
Una sociedad que solo pretende educar ingenieros, matemáticos e informáticos dóciles y funcionales al engranaje corporativo, pero que carece de filósofos, artistas, historiadores, sociólogos, antropólogos y ecólogos es una sociedad de “no-cuerpos” anestesiados, sedados y fácilmente manipulables. La defensa de las artes, de las humanidades y de las ciencias sociales no es, por tanto, una demanda de nicho académico ni una defensa gremial. Es hoy, más que nunca, un acto de resistencia vital para preservar la multidimensionalidad, el tiempo lento, la libertad y la vitalidad de la existencia humana.
Ver nota original en: https://bellasletras.cl/ciencia-de-la-no-ciencia-hacia-devaluacion-programada-de-las-humanidades/



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