COLUMNA

“Sin Filtros”. La arquitectura invisible de la enemización

Por: Carlos del Valle
  • Publicado el 12 de agosto 2026

Todo programa de televisión que se presenta a sí mismo como espacio de deliberación pública oculta, bajo la superficie del debate, una infraestructura que rara vez se discute: la de los soportes técnicos, comerciales y algorítmicos que hacen posible que ese debate exista, circule y sea rentable. «Sin Filtros», nacido en enero de 2021 como vitrina para las candidaturas al proceso constituyente y consolidado luego como uno de los programas políticos más vistos del país, ofrece un caso privilegiado para observar cómo esa infraestructura permite la denuncia infinita, el retiro de panelistas ante el ex Carabinero Crespo, absuelto en el caso Gatica. La ira del Che de los Gay y otros eventos, migran como circuito de retroalimentación que hace que todos sean equivalentes abstractos: proveen indignación, tráfico, viralización, pero ninguna enemización remece la impunidad originaria de su formato post-medial.

Conviene no describir el programa únicamente como un contenido, una conversación, un panel, un conductor, sino como un conjunto de plataformas superpuestas que operan con lógicas distintas y que, sin embargo, se presentan ante el público como una sola cosa homogénea: «el programa». Hay, en primer lugar, un andamio de soporte físico: estudios arrendados, incluidos, según ha reconocido la propia producción, espacios de Televisión Nacional, que funcionan como nodos de un despliegue mucho más amplio y disperso. Hay, en segundo término, una capa de distribución: la plataforma de streaming y video bajo demanda que sustituye a la señal abierta como canal principal de llegada al público, y que impone sus propias reglas de permanencia, de recomendación y de medición del interés. Hay, además, un andamio de interfaz: el rostro visible, el conductor de turno, que cambia, de Iván Guerrero a Gonzalo Feito hasta Fernando Solabarrieta, de este a figuras interinas como Karen Bianchi o Bárbara Rebolledo, sin que el programa deje de ser reconocible como tal. Y hay, finalmente, una capa que rara vez se nombra pero que sostiene a todas las demás: el auspicio comercial, ese entramado de marcas de bebidas, colchones, apuestas en línea y servicios de catering que financia, literalmente, cada minuto de indignación política que se transmite.

Lo relevante de esta arquitectura no es su existencia, toda televisión la tiene, sino el modo en que su infraestructura se ha vuelto intercambiables entre sí sin afectar la continuidad del sistema. El programa ha atravesado, en apenas cinco años, sucesivas crisis de conducción: renuncias, quiebres internos, una salida pública de Feito hacia un proyecto rival, reemplazos interinos que se anuncian casi con la misma naturalidad con que se anuncia el auspiciador de la semana. Y sin embargo «Sin Filtros» ha seguido siendo, para efectos de audiencia y de percepción pública, el mismo objeto. Esto sugiere algo que trasciende el caso puntual: que la identidad del programa no reside ya en quien lo conduce ni en lo que ahí se dice, sino en la persistencia de su infraestructura de distribución y en la estabilidad de sus flujos de financiamiento. Cuando una de las conductoras interinas explica ante cámara que «este programa no depende de una persona», que hay «cincuenta personas que trabajan y viven» de él, está describiendo con precisión involuntaria esa misma lógica: el programa es antes un sistema de sostenimiento económico y técnico que un espacio de enunciación política.

«Sin Filtros» sería post-mediático porque ya no opera bajo la lógica clásica del medio de comunicación, un emisor que produce un mensaje y una audiencia que lo recibe e interpreta, sino bajo la lógica de un sistema estadístico que gobierna el comportamiento mediante la captura continua de datos. El contenido político, el conductor, el panel: todo eso pertenece todavía al vocabulario de los medios tradicionales, pero funciona ya como interfaz de un dispositivo distinto, cuya verdadera operación es procesar reacciones de audiencia en tiempo real y optimizar el formato según patrones de enganche. No hay transmisión de un sentido, sino extracción y retroalimentación permanente de datos conductuales.

Esta observación permite leer de otro modo la disputa, cada vez más explícita, entre «Sin Filtros» y sus competidores directos, en particular «Próceres», el proyecto que reunió a parte del elenco escindido del primero. Lo que en la superficie se presenta como una guerra de contenidos, de líneas editoriales o de posiciones políticas, es en realidad una competencia por ocupar el mismo lugar dentro de una misma arquitectura de distribución: los mismos estudios, los mismos formatos de streaming, las mismas franjas de atención, muchas veces los mismos auspiciadores disputándose entre programas que, en última instancia, producen variaciones menores sobre un mismo dispositivo. La ironía de que un programa dedique dos horas de emisión a comentar lo que el otro dijo sobre él, episodio que ambos elencos protagonizaron públicamente, no es anecdótica: revela que el objeto de disputa real ya no es el país, sus instituciones o sus problemas, sino la atención misma como recurso escaso, y la posición relativa dentro de un ecosistema de plataformas que compiten por controlarla.

Aquí resulta necesario introducir una distinción que la discusión pública suele pasar por alto. Existe una diferencia sustancial entre hablar de política y ocupar el lugar estructural desde el cual la política se hace visible. «Sin Filtros» no discute únicamente los asuntos del país: administra, además, las condiciones de acceso a ese debate, quién entra al panel, con qué frecuencia, bajo qué formato de confrontación, y esas condiciones están determinadas, en última instancia, por variables que nada tienen que ver con la deliberación democrática: el desempeño en las métricas de la plataforma, la capacidad de retener auspiciadores, la rentabilidad de cada franja horaria. La política, en este esquema, no desaparece; se convierte en el contenido que circula sobre un soporte cuya lógica interna es ajena a ella. El programa no representa tanto una posición ideológica, de hecho, se define orgullosamente como espacio de «confrontación» entre derecha e izquierda, sin adscripción propia, sino una posición de intermediación: es el lugar donde las posiciones políticas existentes se hacen visibles unas a otras, bajo reglas de exposición que el propio dispositivo controla.

Esa función de intermediación explica también por qué el programa ha podido sobrevivir a un desgaste evidente, caída de auspiciadores, fugas de figuras clave, cuestionamientos sobre su relación con Televisión Nacional, sin perder su centralidad. No compite, en rigor, contra otros contenidos: compite por seguir siendo el nodo obligado de paso, el punto donde confluyen candidatos, autoridades, panelistas y audiencias porque ahí es donde ya están los demás. Se trata de una forma de poder que no depende de la persuasión ni del acierto editorial, sino de la posición ocupada dentro de una red de circulación que se retroalimenta a sí misma: se ve «Sin Filtros» porque «Sin Filtros» es lo que se ve, y esa tautología, lejos de ser una debilidad del sistema, es su forma más eficaz de reproducción.

El giro hacia el fútbol, con el desprendimiento de «Sin Filtros Sports» coincidiendo con el Mundial de 2026, confirma esta lectura antes que contradecirla. No se trata de una desviación temática, sino de la demostración de que la arquitectura del programa es indiferente al contenido que la recorre: la misma estructura de estudio, conducción, plataforma y auspicio que sirvió para tramitar el proceso constituyente sirve, sin fricción alguna, para tramitar la pasión futbolera. Lo político y lo deportivo se vuelven, en ese sentido, variaciones intercambiables de un mismo formato de captura de atención.

Pensar «Sin Filtros» de este modo obliga a revisar una suposición muy instalada en el análisis de medios chileno: la idea de que la crisis de la conversación pública se explica por la polarización de los contenidos o por la falta de rigor de quienes participan en ellos. Lo que el caso muestra es más inquietante: que la forma misma en que se ha organizado la infraestructura de visibilidad política, dependiente de plataformas, de métricas y de financiamiento publicitario disperso, determina de antemano qué tipo de debate es posible, independientemente de quién se siente a la mesa. Cambiar de conductor, de panelista o incluso de tema no altera la lógica de fondo; solo la arquitectura que la sostiene podría hacerlo, y esa arquitectura, precisamente por ser invisible, rara vez entra en el propio programa como objeto de discusión.

Lo que «Sin Filtros» pone en escena, semana tras semana, no es un debate sino su simulacro: la confrontación como espectáculo rentable antes que como procedimiento democrático. Ahí reside su función de espejo. La democracia supone un adversario que permanece legítimo aun en el desacuerdo, alguien con quien se disputa el sentido de lo común sin negarle derecho a existir. El programa, en cambio, produce sistemáticamente enemigos: figuras convertidas en blanco de indignación coreografiada, cuya derrota discursiva, no su argumento, es el verdadero producto que se vende junto al auspicio. La política, así, deja de ser el espacio donde las diferencias se tramitan y pasa a ser el material donde se fabrica hostilidad reciclable, noche tras noche, entre paneles intercambiables. No hay allí enemigo real, con historia y proyecto propio, sino una posición vacía que cualquiera puede ocupar según convenga al rating. La democracia, reducida a este formato, no se ejerce: se consume como enemistad administrada, sin resolución posible ni necesaria.

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