INFORMACIÓN

Fondos de apoyo a estudiantes de postgrados HACS UACh

  • Publicado el 7 de mayo 2026

Desde Conocimientos 2030: Horizontes HACS UACh, y considerando las características del proyecto, invitamos a estudiantes de programas de postgrado HACS de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Facultad de Arquitectura y Artes o Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales a postular a los dos fondos de apoyo orientados a fortalecer la formación, la investigación y la proyección internacional del postgrado en la Universidad Austral de Chile.

Fondos de apoyo a estudiantes de postgrados HACS UACh

✈️ Fondo de apoyo para asistencia a congresos. Impulsa la difusión de resultados de tesis e investigaciones en congresos, seminarios y encuentros académicos, tanto en Chile como en el extranjero.

🌎 Fondo de apoyo para estadías y pasantías en el extranjero. Orienta a fortalecer la formación avanzada, la internacionalización y la creación de redes académicas mediante estadías de investigación o pasantías en instituciones internacionales.

🔎 Este fondo tendrá carácter preferente para estudiantes de doctorados HACS.

📌 Revisa las bases y anexos en: https://conocimientos2030uach.cl/home/fondos-estudiantes-postgrado-hacs/

Asimismo, les invitamos a mantenerse al día sobre nuestras próximas actividades, abiertas a toda la Comunidad UACh, a través de nuestro perfil de Instagram @co2030.uach

NOTICIA

Doctorado en Comunicación de la Universidad de La Frontera y Programa de Acción Territorial de la CONADI renuevan compromisos

  • Publicado el 2 de mayo 2026

El Director del Doctorado Carlos del valle y el profesor del programa Iván Inostroza se reunieron con el nuevo Encargado nacional del Programa de Acción Territorial (PAT), Luis Miguel Quilaqueo, junto a la Encargada regional del PAT, Kinturay Melin, y al profesional del Programa Pablo Porras, uno de los precursores de esta iniciativa.

Durante la reunión se analizó cada una de las actividades realizadas en el marco del convenio interinstitucional existente.

En el ámbito formativo, se valoró el Curso y posterior Diplomado dirigido a más de 20 profesionales del PAT, a nivel nacional y regional.

En el caso de las asesorías, se destacó el apoyo metodológico llevado a cabo para el levantamiento de los de los Planes de Desarrollo Territorial de las principales comunidades indígenas de comunas de la Región de La Araucanía. Posteriormente, fueron analizados 71 Planes, pertenecientes a 26 comunas de la región de La Araucanía, de las Provincias de Cautín y Malleco. Este trabajo está en la última fase, que incluye entrevistas individuales para complementar los hallazgos realizados en los primeros análisis.

Finalmente, en el caso de la investigación, actualmente está en la fase final la segunda etapa del proyecto: “El reconocimiento de las culturas indígenas en el contexto de la mediatización de la sociedad: Una investigación-acción”, financiado por la Universidad de La Frontera y la Universidad Estadual Paulista de Brasil. La primera fase consistió en una revisión sistemática de las publicaciones, nacionales e internacionales, que abordan la temática, especialmente a partir de experiencias latinoamericanas. La segunda fase, aún en desarrollo, corresponde a una encuesta sobre consumo y uso de medios en 15 comunidades del sector Truf Truf. La última fase considera la realización de talleres para la producción autónoma de contenidos para diferentes medios y redes sociales.

En la reunión, tanto el coordinador nacional del PAT como el director del doctorado, renovaron su compromiso para avanzar y profundizar las actividades conjuntas.

ENTREVISTA

Carlos Del Valle Rojas: «Nunca existió una intención de contacto con el trabajo de la primera comisión contra la desinformación»

El profesor titular de la Universidad de La Frontera, y gestor del mayor doctorado en comunicación que funciona en la educación superior del país, critica la ausencia de articulación y de conclusiones en común, que tuvieron los dos comités creados por el gobierno del Presidente Gabriel Boric, con el fin de abordar el problema mediático de las «fake news».

  • Publicado el 2 de mayo 2026

Mientras se encuentra en Santiago, aprovechamos la ocasión de reunirnos con el profesor Carlos Del Valle Rojas (1975), doctor en comunicación por la Universidad de Sevilla (España), y director y fundador del prestigioso doctorado en comunicación que imparte la estatal Universidad de La Frontera (UFRO). Un postgrado que cuenta con la más alta acreditación para un programa de la citada especialidad en el sistema formativo chileno: una certificación de cinco años, otorgada por la siempre exigente CNA (Comisión Nacional de Acreditación).

Así, y desde la ciudad de Temuco, capital de la Región de la Araucanía, el doctorado en comunicación —un referente en la promoción de los estudios culturales en el cono suramericano— ha establecido convenios de doble graduación con universidades que se encuentran en diversos rankings de medición de calidad académica, ubicadas entre las 100 mejores del mundo, tales como La Sapienza Università di Roma (Italia), la Université Paris 8 (Francia) y desde hace unas semanas, con la Universidad Autónoma de Barcelona (España).

Esta última asociación institucional (con uno de los principales departamentos de periodismo del mundo hispánico) responde a la necesidad que el profesor del Valle ha manifestado por hacer crecer los intereses de investigación del programa, en dirección hacia la comunicación y la industrias de medios.

De esa forma, la creación de esta nueva línea de profundización del doctorado, persigue transformarse en un laboratorio doctoral cuya producción académica tenga una decidida influencia en las políticas públicas y legislativas que regulan el funcionamiento del ecosistema de medios, tanto a nivel nacional como hispanoamericano.

El aporte de la mesa «Más amplitud, más voces, más democracia»

Aquella preocupación surgió en el profesor del Valle desde que fuera uno de los principales referentes del primera comisión asesora contra la desinformación organizada por el Ministerio Secretaría General de Gobierno, durante la administración del Presidente Gabriel Boric (2022 – 2026).

Ese comité elaboró en enero de 2023 el informe Más amplitud, más voces, más democracia, producto de un convenio directo entre la Segegob y las universidades de Chile, La Serena, y de La Frontera, cuyas conclusiones proponen mejorar la libertad de expresión en el país, mediante un ecosistema de medios con mayor diversidad y pluralismo.

«Lamentablemente —observa el académico— nunca existió una articulación, una intención de contacto con el trabajo de la primera comisión».

Después, «la segunda comisión emerge como una respuesta, bastante ingenua, a las presiones políticas de distintos actores. De hecho, estas críticas se plantearon al día siguiente de hacerse público el trabajo de la primera», agrega el profesor titular de la Universidad de La Frontera

Ya en esa instancia, Carlos del Valle planteó la necesidad de convocar a los principales actores de la industria de medios local, en la discusión que se formulaba en ese entonces, en torno al fenómeno de la desinformación, y abogó porque fueran invitados a ese panel de reflexión los directores de los diarios El Mercurio, La Tercera y el presidente de la Asociación Nacional de la Prensa.

Hoy, el profesor del Valle vuelve a reiterar la invitación a la industria de medios nacional, pero desde su connotado lugar en la academia universitaria (a través de un programa donde el 51 % de sus doctorantes son becarios ANID —Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo de Chile—), y consciente de que las nuevas plataformas mediales han creado escenarios informativos, políticos y sociales, los cuales deben ser diagnosticados desde la comunicación entendida como un campo (en este caso concreto, por los estudios del periodismo (journalism studies), la politología y también por el derecho).

Asimismo, el profesor Del Valle es un destacado autor bibliográfico en el área de las ciencias sociales, y su último texto publicado es el Enemigo como espectro. Cuerpos y territorios en disputa (Editorial de la Universidad de La Plata, 2025).

Impulsados por este nuevo libro, es que se inicia el diálogo.

«Enemigos que responden a las expectativas mediáticas y sociales»

— ¿De qué forma se construye la figura simbólica de un «enemigo» a través de los medios de comunicación social?

— Está construcción responde a dos procesos que se complementan pero que operan de modo distinto. Por un lado, se trata de una matriz social más amplia, en el sentido que la sociedad ‘requiere’ un repertorio de enemigos para explicar sus miedos y amenazas.

Los enemigos constituyen la respuesta más expedita para las crisis, los conflictos, las emergencias. De esta forma, el enemigo no es solo una condición social, sino también jurídica. Así las cosas, es una construcción mítica más global.

Por otro lado, el enemigo es una construcción propiamente mediática, en el sentido que forma parte de rutinas de producción, según las cuales frente a situaciones conflictivas (¿hay algo ajeno al conflicto en el orden de los medios?), se requiere identificar responsables.

Esta identificación promueve el despliegue de un repertorio de enemigos que resulta muy eficiente, por su expedición y porque permite además ‘llamar al orden’ (intervención policial, represión, leyes de excepción, etcétera).

Aquí lo que observamos son acciones ritualizadas que se combinan con lo anterior, instalando enemigos que responden a las expectativas mediáticas y sociales.

«Un maltrato y una odiosidad pocas veces vista en épocas precedentes»

— ¿La digitalización de las plataformas comunicaciones, ayuda a la creación espectral de un enemigo ya sea político, económico o cultural, que acecha a las audiencias?

— Los diferentes modos de digitalización de las plataformas, especialmente los expresados en un régimen algorítmico y en una dinámica de bots, sin duda llevan a la enemización a una escala sin precedentes.

Por un lado las reproducen ad infinitum y por otra parte actualizan de manera drómica el repertorio de enemigos, que devienen espectros.

Por ejemplo, las intervenciones explosivas en las redes sociales constituyen un continuum de enemización radical, donde se expone al enemigo a un maltrato y una odiosidad pocas veces vista en épocas precedentes.

«El relato periodístico padece la crisis de sí mismo»

— En ese sentido, ¿las narraciones periodísticas acerca de un determinado acontecimiento de interés público, responden a un ejercicio de poder cultural y político que se centran en el delineamiento de un «enemigo» como tal?

— Los modos y estrategias de narración en el periodismo obedecen cada vez más a una racionalidad simplista que se satisface con un par de cuñas en contrapunto y la identificación de responsables.

En esta última búsqueda se despliega el repertorio de enemigos del orden social, de la seguridad, de la producción económica y de una supuesta identidad nacional llena de lugares comunes como patria y pueblo.

Con todo, el relato periodístico padece la crisis de sí mismo. La crisis de la ‘verdad’ en el periodismo —expresada en la desinformación, las fake news y la posverdad— no es sino la crisis del relato. En este escenario, recurrir a los enemigos es una solución cómoda para mantener los relatos que logran rédito.

«Operaciones de enemización sin mayor resistencia»

— Bajo aquel análisis de materialidades conceptuales que propone, ¿de qué forma diagnosticarías la labor de los mass media chilenos en relación a la noción de crisis que se desarrolla a través de noticias relativas a temas como la migración y el crimen organizado, en tanto un fenómeno geopolítico?

— La actual estructura de medios en Chile, con un régimen hegemónico de la propiedad y los contenidos, permiten operaciones de enemización sin mayor resistencia. Situar a los inmigrantes e indígenas del lado del enemigo para explicar los conflictos resulta muy sencillo en un ecosistema como este.

«La resonancia que ofrecen los medios»

— En cuanto al análisis de la historicidad que efectúas en tu libro, ¿qué responsabilidad le cabe a la industria de medios sudamericana en la formulación de una imagen del enemigo interno y sus consecuencias culturales, durante el último tercio de nuestro agitado siglo XX?

— La industria de medios ha jugado un rol histórico, institucionalizado y constante de enemización en América Latina. Desde luego que la configuración de enemigos internos o íntimos ha sido posible por la resonancia que ofrecen los medios.

En este sentido, ha sido relevante la identificación de los enemigos de la democracia, del orden público y del desarrollo, para quienes además de los relatos mediáticos de enemización opera un derecho penal singular, que se manifiesta en las leyes de excepción y de emergencia.

Declarar estados de excepción y de emergencia, de hecho, es una forma de criminalización y judicialización generalizada hacia ciertos grupos.

«El presentismo es uno de los principales obstáculos para superar la enemización»

— ¿Cuál es el rol de las temporalidades propias del periodismo en sus diversos formatos, en esa expansión de los ciclos de violencia que por paradójico que parezca silencian y omiten la memoria de a quienes se catalogan como enemigos, en esa retórica de la dualidad?

— El presentismo, en tanto régimen de temporalidad inmediata, es uno de los principales obstáculos para superar la enemización.

Primero, porque obliga a recurrir a respuestas recurrentes y simplificadas. Este reduccionismo, por cierto, alimenta las prácticas de invisibilización, olvido y exclusión, a la vez que impide el fortalecimiento de la memoria.

La crisis de legitimidad de las políticas públicas

— ¿En qué tópicos investigativos te encuentras inmerso en la actualidad? ¿Nos puedes adelantar resultados monográficos al respecto?

— Actualmente estoy trabajando sobre las implicancias de los procesos de enemización en las políticas públicas en Chile; en particular las políticas interculturales que se vienen desplegando hace unos 30 años y que actualmente viven una profunda crisis de legitimidad y confianza.

«Lograr incidencia real en las políticas públicas así como en el sistema productivo»

— ¿Cuáles son los desafíos académicos e institucionales que se plantea el doctorado en comunicación de la Universidad de La Frontera durante los próximos años?

— Uno de los principales desafíos del doctorado es consolidar sus líneas de investigación, desarrollando especialmente el estudio de la industria de medios.

Otro desafío importante es consolidar la internacionalización del programa. Un desafío urgente es lograr incidencia real en las políticas públicas así como en el sistema productivo.

La olvidada primera comisión contra la desinformación

— El gobierno del Presidente Boric convocó a dos comisiones de expertos para debatir en torno al problema medial de la desinformación. Usted que fue parte del primer grupo de académicos que trabajó con el Ministerio de la Secretaría General de Gobierno, ¿nos puede explicar las conclusiones a las cuales arribó el inicial panel de comunicólogos nacionales al respecto?

— Luego de realizar las entrevistas a nivel nacional y regional y tras un análisis serio y profundo, se plantearon varias recomendaciones. Utilizando un criterio de realidad política del país, hay tres propuestas que bien podrían haber sido implementadas, pero lamentablemente no se avanzó en nada.

La primera, es el fortalecimiento de las radios comunitarias. El segundo, es regular la manera en que se entregan los recursos por publicidad estatal, para favorecer a los medios pequeños y medianos. Y la tercera, es promover medios de carácter público, lo cual no debe ser entendido como medios estatales, sino más bien de financiamiento mixto.

La metropolización: «Un despropósito para la discusión»

— Luego se creó una segunda comisión como respuesta y crítica a la primera, que elaboró otros dos informes, pero donde ninguna universidad regional tuvo presencia (a excepción de la PUCV). Ante eso, ¿afectan a la legitimidad de este tipo de propuestas una excesiva centralización y metropolización de las mismas?

— Efectivamente, la segunda comisión emerge como una respuesta, bastante ingenua, a las presiones políticas de distintos actores. De hecho, estas críticas se plantearon al día siguiente de hacerse público el trabajo de la primera comisión.

Prueba de ello es, precisamente, la marginación de universidades regionales (la UFRO y la Universidad de La Serena), que habían estado presentes antes. Un despropósito para la discusión.

Primera y segunda comisión: «Nunca existió una articulación»

— A su entender, ¿cuáles son las grandes similitudes en relación al fenómeno de la desinformación que concluyeron en su labor crítica e intelectual ambas comisiones formadas por la anterior administración estatal?

— Lamentablemente, nunca existió una articulación, una intención de contacto con el trabajo de la primera comisión. La segunda actuó como si no existiera nada antes, aunque terminó prácticamente del mismo modo que la anterior, esto es, sin seguimiento ni continuidad alguna.

Ver nota original en:https://www.cineyliteratura.cl/entrevista-carlos-del-valle-rojas-nunca-existio-una-intencion-de-contacto-con-el-trabajo-de-la-primera-comision-contra-la-desinformacion/

NOTICIA

Doctorado en Comunicación y “Diálogos Australes” sellan alianza estratégica para impulsar investigación territorial en la Patagonia Austral

Doctorado en Comunicación y Proyecto “Diálogos Australes: Archivo de Historia Oral de Punta Arenas” realizan Alianza Estratégica para fortalecer la investigación territorial en la Patagonia Austral.

  • Publicado el 29 de abril 2026

En un hito para la descentralización del conocimiento en el sur-austral de Chile, el Programa de Doctorado en Comunicación, Conjunto entre la Universidad de La Frontera (UFRO) y la Universidad Austral de Chile (UACH), y el Proyecto “Diálogos Australes: Archivo de Historia Oral de Punta Arenas”, han formalizado un Protocolo de Acuerdo y Colaboración Estratégica.

La alianza, suscrita por el Director del Programa, Carlos Del Valle Rojas, y el Director del Proyecto, Gastón Cárcamo Vargas, busca robustecer la rigurosidad científica del rescate de la memoria en Magallanes, a través de las diferentes líneas de investigación del Doctorado.

Un Puente entre la Academia y el Territorio

El convenio permite al Proyecto Diálogos Australes actuar como un nodo de investigación aplicada en el territorio, permitiendo que el Doctorado proyecte su quehacer académico en la Patagonia Austral. Entre los puntos clave del acuerdo destaca la facilitación de estancias de investigación para docentes y estudiantes del Doctorado en el extremo austral del país, además, de coordinaciones con medios locales de la región, así como el acceso preferente a materiales de referencia y asesoría metodológica por parte de la UFRO.

Proyección Global e Hitos 2026

El protocolo define como primer hito conjunto la realización de las “Jornadas de Capacitación en Comunicación, Mediación y Mediatización” en Punta Arenas, durante el segundo semestre de 2026. A diferencia de un congreso cerrado, esta instancia se ha diseñado como un gran encuentro con la comunidad local, permitiendo que vecinos y vecinas dialoguen directamente con el ecosistema académico y científico. Este enfoque busca que el conocimiento académico se transforme en herramientas prácticas para el desarrollo regional, consolidando a Magallanes como un epicentro de diálogo científico global, pero con una profunda raíz ciudadana.

Al respecto, Gastón Cárcamo señaló que “este protocolo es el reconocimiento de que la historia oral requiere excelencia, pero siempre con sentido comunitario. El patrocinio del Programa de Doctorado en Comunicación de la UFRO/UACH, nos permite elevar la memoria de nuestros vecinos a un estándar internacional, devolviendo el conocimiento al territorio que lo genera”.

Por su parte, Carlos del Valle destaca que “con esta firma, el Doctorado en Comunicación reafirma su liderazgo en la articulación de redes nacionales e internacionales, validando la importancia de la investigación situada y el compromiso con la identidad del extremo sur del mundo”.

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NOTICIA

Doctorado en Comunicación UFRO-UACh realizó jornadas sobre búsqueda bibliográfica académica

Por: Melanie Tapia Caba – Instituto de Estudios Indígenas e Interculturales UFRO
  • Publicado el 24 de abril 2026

A través de la colaboración internacional y el trabajo territorial, el proyecto financiado por la Universidad de La Frontera (UFRO) y la Fundación de Investigación de São Paulo (FAPESP) busca fortalecer la voz de jóvenes y líderes de comunidades indígenas en Chile y Brasil, mediante el desarrollo de herramientas para la producción y circulación de contenidos mediáticos.

Con el propósito de comprender, desde el diálogo y una mirada crítica, cómo jóvenes y líderes comunitarios utilizan los medios de comunicación —promoviendo la preparación mediática en el marco de la educomunicación— en territorios de las regiones de Bauru y Tupã (Estado de Sao Paulo, Brasil) y Truf Truf (Región de La Araucanía, Chile), el Dr. Laan Mendes de Barros, de la Universidad Estadual Paulista (UNESP), junto al Dr. Carlos del Valle, director del Doctorado en Comunicación de la Universidad de La Frontera, colaboran en el Proyecto de Investigación UFRO-FAPESP: “El reconocimiento de las culturas indígenas en el contexto de la mediatización de la sociedad: Una investigación-acción”.

Esta iniciativa cuenta, además, con el apoyo del Instituto de Estudios Indígenas e Interculturales (IEII), a través de su director, Mg. Osvaldo Curaqueo Pichihueche, que también forma parte del equipo de dicha investigación. Además, este proyecto se articula con el Programa de Acción Territorial-PAT de CONADI, iniciativa de desarrollo enfocada en el fortalecimiento de derechos, cultura y gestión territorial de las comunidades indígenas.

En el marco de su visita a la universidad y al instituto, el Dr. Mendes compartió avances de esta investigación, la cual contempla dos fases: una primera, centrada en la aplicación de encuestas en comunidad de Truf Truf, en la comuna de Padre Las Casas (La Araucanía), y en las comunidades de Araribá y Vanuíre, en el estado de São Paulo, la que se llevó a cabo entre abril de 2025 y marzo de 2026.

La segunda fase -que se desarrollará entre abril de 2026 y marzo de 2027- considera el desarrollo de talleres de producción fotográfica, audiovisual y radial, con el objetivo de fortalecer herramientas comunicacionales en las comunidades, de modo que sean ellas mismas quienes generen contenidos pertinentes a sus propias demandas e intereses.

Al respecto, el Dr. Mendes señala: “Esta oportunidad de desarrollo de talleres junto a las comunidades, especialmente con jóvenes, tiene como propósito el uso de herramientas comunicacionales en la afirmación de su cultura y en la proyección de sus necesidades y luchas. En ese sentido, las demandas surgen desde las propias comunidades, sus educadoras y estudiantes”.

Asimismo, destaca el carácter colaborativo del proyecto: “Este es un proceso que estamos construyendo en conjunto. No se trata de la universidad trabajando sobre la comunidad indígena, sino de una colaboración entre la academia y la cultura comunitaria”.

Por su parte, el Dr. del Valle destaca que este trabajo con la UNESP se gesta desde el Doctorado en Comunicación de la UFRO, en articulación con el IEII y académicos de los Departamentos de Lenguas, Literatura y Comunicación, Ciencias Sociales, Trabajo Social y Salud Pública, que cumple un rol clave en la pertinencia territorial y contextual del proyecto.

En cuanto a sus expectativas, el académico señala: “Esperamos fortalecer la autonomía en la producción de contenidos, promoviendo que las propias comunidades desarrollen independencia para crear y difundir sus mensajes. Que adquieran conocimientos y habilidades, pero, sobre todo, que esos contenidos elaborados desde las comunidades logren circular masivamente. Hoy existe un desafío importante en torno al control de los medios y la forma en que se producen los contenidos; pero, las tecnologías actuales facilitan el uso de redes y diversas plataformas para poner estas voces en circulación”.

En este contexto, la colaboración internacional adquiere especial relevancia, no solo por el intercambio académico, sino también por la posibilidad de compartir experiencias entre territorios que enfrentan desafíos similares en contextos indígenas; así lo menciona Miguel Melin, asesor experto del IEII: “Para nosotros es relevante en términos de la bidireccionalidad, hay una mirada del territorio, desde la comunidad mapuche, donde la cultura permanece viva. Además, nos permite mantenernos vinculados con el territorio por supuesto, pero con el valor agregado que significa estar vinculado con otros pueblos indígenas de otros contextos, en este caso del Brasil. Donde las comunidades, sobre todo los jóvenes indígenas tendrán la posibilidad de interactuar, de intercambiar experiencias, incluso de conocerse entre sí en el contexto de la comunicación, los medios y el consumo de estos”.

De esta manera, la colaboración intercultural e internacional contribuye al fortalecimiento de la autonomía comunicacional y al desarrollo de capacidades locales, relevando el rol de las comunidades en la producción de sus propias narrativas y en su participación en el entorno mediático actual, como voces activas de sus propios procesos.

Ver nota original en:https://estudiosindigenas.ufro.cl/noticias/ufro-y-unesp-se-unen-para-fortalecer-la-autonomia-comunicacional-en-comunidades-indigenas-de-chile-y-brasil/

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NOTICIA

Doctorado en Comunicación UFRO-UACh realizó jornadas sobre búsqueda bibliográfica académica

  • Publicado el 20 de abril 2026

Con una activa participación de estudiantes del Doctorado en Comunicación UFRO-UACh, durante el 13, 14 y 16 de abril de 2026, se desarrolló la actividad “De la duda al paper: Estrategias de búsqueda bibliográfica efectiva en contextos académicos”, una instancia orientada a fortalecer habilidades informacionales clave para el ejercicio investigativo.

La capacitación tuvo como propósito entregar herramientas concretas para que las y los estudiantes pudieran buscar, seleccionar, evaluar y utilizar información académica confiable y pertinente, en función de sus propios procesos de investigación. Para ello, se trabajaron contenidos vinculados al reconocimiento de necesidades informacionales, formulación de preguntas de investigación, identificación de palabras clave y uso estratégico de bases de datos.

Durante las jornadas también se abordaron recursos fundamentales para optimizar las búsquedas, como la utilización de operadores booleanos, estrategias de truncamiento y aplicación de filtros por fecha, idioma, tipo de documento y área temática. Junto con ello, se revisaron criterios de evaluación de fuentes, considerando aspectos como la calidad, pertinencia, actualidad, sesgos y uso ético de la información y la citación.

Las exposiciones estuvieron a cargo de Camila Calisto Breiding y Byron Valdés Vidal, bibliotecólogos, respectivamente, y ambos académicos del Departamento de Género, Política y Cultura de la Universidad de Playa Ancha.

De acuerdo a lo expresado por Valdés Vidal, este tipo de encuentros dan cuenta de una necesidad formativa concreta, pues “creo que esta exposición refleja el interés y entusiasmo de quienes participan, y además deja en evidencia la necesidad de seguir generando este tipo de instancias formativas. Más allá de las experiencias previas, abordar estos temas permite reforzar conocimientos y herramientas fundamentales para la formación académica e investigativa”.

En la misma línea, Calisto Breiding valoró el espacio como una oportunidad de acompañamiento desde la bibliotecología al trabajo académico de postgrado. “Valoro especialmente estos lugares académicos porque nos permiten aportar desde nuestra disciplina al proceso formativo de las y los estudiantes de doctorado. Además, esperamos seguir vinculándonos con este tipo de instancias, para continuar acompañando de manera cercana sus procesos investigativos”, expresó.

La actividad fue organizada conjuntamente por el Departamento de Género, Política y Cultura de la Universidad de Playa Ancha y el Doctorado en Comunicación de la Universidad de La Frontera-Universidad Austral de Chile, en el marco de una colaboración orientada al fortalecimiento de competencias investigativas en el ámbitos de los postgraduados.

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CÁTEDRA – JOSÉ JOAQUÍN BRUNNER

Mauro Salazar: La Cultura Autoritaria en Chile de José Joaquín Brunner (FLACSO, 1981)

Por: Mauro Salazar
  • Publicado el 2 de abril 2026

1. Introducción: el problema y la tesis

Hay textos que no simplemente describen una época sino que son, ellos mismos, síntomas de la fractura que intentan nombrar. La Cultura Autoritaria en Chile (Brunner, 1981, FLACSO) es uno de esos documentos en los que el pensamiento crítico latinoamericano —acorralado, desplazado, operando desde los márgenes que el régimen militar le dejaba disponibles— procuró articular un diagnóstico de la condición cultural impuesta a partir del golpe del 11 de septiembre de 1973 (Brunner, 1981). Producido en el interior mismo de la dictadura, el texto de Brunner no es una denuncia exterior al sistema que analiza sino una operación intelectual ejecutada desde dentro de sus condiciones de posibilidad: una escritura que descompone el andamiaje ideológico de la dominación usando categorías gramscianas, semióticas y materialistas que el propio régimen pretendía suprimir (Garretón, 1983; Williams, 1977).

El problema que este artículo se propone examinar puede formularse con precisión: ¿cuál es la tesis central de Brunner (1981), cuáles son sus estrategias de demostración, cuáles sus límites analíticos y cuál su vigencia para comprender las nuevas formas de dominación cultural en el presente de la ultraderecha latinoamericana? La hipótesis de lectura que lo organiza es la siguiente: el autoritarismo chileno no opera únicamente por la vía de la coerción física sino que constituye un proyecto sistemático de reconversión del campo de las representaciones —un proyecto cuya eficacia histórica reside en la destrucción de la capacidad de los sectores subalternos de concebirse a sí mismos como sujetos con un proyecto histórico propio (Brunner, 1981, p. 10)— y ese proyecto sobrevivió a la democratización formal de 1990, instalándose en la democracia como su núcleo duro no dicho (Tironi, 1990). Las páginas que siguen demuestran esa hipótesis en nueve momentos articulados.

El contexto de enunciación del texto brunneriano es inseparable de su argumento. Brunner (1981) escribe cuando la dictadura de Pinochet lleva casi una década de ejercicio sistemático del poder, cuando la institucionalidad represiva ha dejado de ser terror de excepción para convertirse en administración normalizada de la vida social (Garretón, 1983), cuando la Constitución del 80 ha pretendido dar forma jurídica permanente a lo que comenzó como golpe. Escribir sobre cultura autoritaria en ese momento no es escribir sobre algo que ya pasó: es escribir sobre el presente como herida activa. La reflexión ocurre bajo las mismas presiones que analiza, y esa proximidad forzada le otorga una tensión que los textos producidos en el exilio o en la posteridad democrática difícilmente podrían reproducir. Brunner no escribió para el vacío académico sino para los cuadros intelectuales de una izquierda que necesitaba comprender la derrota para rearticularse (Brunner y Catalán, 1985).

2. Alcance analítico

Esta nota es un estudio teórico-crítico inscrito en la tradición de las ciencias sociales latinoamericanas. Su procedimiento central es la lectura sistemática de Brunner (1981) mediante un protocolo de análisis por categorías: hegemonía y representación, estrategias de dominación, periodización interna del autoritarismo, economía política de la cultura y sujeto resistente. Cada categoría es examinada en su formulación original, contrastada con los marcos teóricos que Brunner moviliza —Gramsci (1975), Poulantzas (1978), Althusser (1970), Williams (1977)— e interrogada desde las lecturas críticas producidas en las cuatro décadas posteriores a la publicación del texto (Richard, 1994; Tironi, 1990; Garretón, 1983; Harvey, 2005; Mouffe, 2018).

3. Hegemonía, campo y representación

El andamiaje conceptual de La Cultura Autoritaria en Chile descansa sobre tres pilares que Brunner (1981) articula sin reducir ninguno al otro. El primero es la noción gramsciana de hegemonía (Gramsci, 1975), desplazada hacia el terreno específico de la cultura chilena: la dominación de clase no se sostiene únicamente por la fuerza sino por la capacidad de la clase dominante de presentar sus intereses como intereses universales, de naturalizar su visión del mundo como el único mundo posible (Williams, 1977). El segundo es la noción bourdieuana de campo cultural como espacio con autonomía relativa (Bourdieu, 1992) —dotado de sus propias reglas de funcionamiento, sus propias jerarquías internas y sus propias lógicas de legitimación que no se reducen directamente a la dominación de clase—, lo que permite explicar por qué ciertos subcampos resistieron más que otros. El tercero, que sostiene el método brunneriano aunque no siempre lo explicite, es la exigencia de una economía política de la cultura: la superestructura simbólica no flota en el aire de las ideas sino que tiene condiciones materiales de producción identificables —editoriales, presupuestos, financiamientos— sin las cuales ninguna práctica de sentido, ni dominante ni resistente, puede ocurrir ni reproducirse (Williams, 1977; Althusser, 1970).

Sobre esa base, Brunner (1981) construye una distinción analítica que el artículo considera su aporte más duradero: la diferencia entre dominación y legitimación. Dominar por la fuerza y lograr que esa fuerza sea percibida como orden legítimo son procesos históricamente desacoplados (Poulantzas, 1978). El autoritarismo chileno exhibió una capacidad de coacción sistemática y sostenida, pero su legitimidad cultural fue siempre parcial, sectorial, disputada en los bordes (Tironi, 1990). Reconocer esa fractura no es un matiz sino la condición para entender por qué el régimen necesitó producir incesantemente consenso allí donde la coerción sola no alcanzaba para garantizar la reproducción del orden (Gramsci, 1975).

4. La tesis brunneriana: una violencia sobre los signos

La tesis vertebral de Brunner (1981) puede formularse así: lo que el golpe del 73 destruyó no fue únicamente un gobierno o un programa económico sino un lenguaje. La violencia de 1973 fue, en un nivel que excede lo institucional, una violencia sobre los signos, sobre los correlatos de realidad que acompañaban al proyecto popular, sobre las conexiones semánticas mediante las cuales las mayorías podían reconocerse en un horizonte común de acción y de sentido. «No se borra un país», escribe Brunner (1981, p. 7), «lo que se borra es la consistencia de su lenguaje, el correlato de la realidad que acompañaba su proyecto mayoritario». Reapropiarse de los sentidos de un lenguaje, de sus conexiones con la realidad, será siempre una de las líneas programáticas de la clase dominante: en ello se jugará la permanencia de su hegemonía (Gramsci, 1975; Althusser, 1970).

Para demostrar esa tesis, Brunner (1981) historiza el signo literario. Traza una genealogía de la literatura chilena —con Neruda como figura axial— para mostrar cómo la irrupción de una gran poesía vinculada a los movimientos populares fue, antes que un fenómeno estético, un acontecimiento político: el momento en que los vencidos comenzaron a hablar. «Entre el mestizo Garcilaso de la Vega y Neruda, entre los Comentarios Reales y las Residencias, sucedió que los vencidos —también por vez primera— hablaron» (Brunner, 1981, p. 9). El golpe no solo destruyó ese lenguaje: destruyó la capacidad de representar alternativas, de sostener proyectos utópicos, de concebir el socialismo como algo más que una abstracción perseguida. Brunner (1981, p. 10) denomina ese efecto el «derrumbe de la irrealidad»: la pérdida de la capacidad imaginaria que es la condición de cualquier acción colectiva coordinada (Williams, 1977).

Cabe precisar aquí por qué Brunner (1981) no recurrió a la categoría de fascismo para nombrar lo que analizaba —omisión que no es descuido sino rigor. El fascismo nombraba un fenómeno histórico europeo con especificidad propia: partido de masas, movilización nacionalista exaltada, corporativismo. Nada de eso coincidía con lo que ocurría en Chile, donde la burguesía no movilizaba masas sino que las atomizaba, no construía un partido sino que los disolvía todos, no convocaba al pueblo a la plaza sino que lo devolvía al cuarto privado, individuo por individuo, consumidor por consumidor. El aparato conceptual disponible —Gramsci, Foucault, Weber, Habermas— le proporcionaba categorías más exactas y, sobre todo, más perturbadoras: la hegemonía como dirección cultural que no necesita el garrote para imponerse, el disciplinamiento como producción de obediencia inscrita en los cuerpos antes que decretada sobre ellos, el mercado como mecanismo de integración post-represiva que convierte la dominación en sentido común. Llamar «fascismo» al autoritarismo chileno habría sido, paradójicamente, subestimarlo: habría permitido localizarlo en el tiempo, periodizarlo con comodidad, compararlo con algo ya conocido y ya derrotado. La categoría de «modo de dominación autoritaria» era más incómoda precisamente porque describía algo que podía sobrevivir a sí mismo, mudar de forma, habitar la democracia desde adentro y no necesitar uniforme para seguir siendo lo que era.

5. Las estrategias del modo de dominación autoritaria

5.1. El sistema como argumento

Brunner (1981) organiza el análisis de las estrategias de dominación en cuatro conjuntos que no operan en secuencia sino como sistema interdependiente: privatización del poder y las influencias; creación de un espacio público administrado; integración a través del mercado; socialización estamentaria. Lo que esa cuádruple articulación demuestra es que el autoritarismo chileno no se sostiene por la fuerza bruta sino por la producción sistemática de conformismo pasivo: la obediencia no se exige sino que se formatea en los cuerpos a través de la estructura misma de la vida cotidiana (Brunner, 1981; Foucault, 1975).

El aporte analítico decisivo de esta sección es la distinción entre represión y reconversión como fases diferenciadas del mismo proyecto. La represión —más intensa entre 1973 y 1976— fue la condición de posibilidad de la reconversión posterior, pero no su sustituto. La reconversión es más eficaz que la represión precisamente porque no necesita renovarse: una vez inscrita en los hábitos, en las expectativas, en la gramática del deseo, se reproduce sola. El «disciplinamiento de la sociedad» no es una metáfora: es el nombre técnico de un proceso por el cual la dominación de clase deja de depender de la amenaza directa para operar a través de la distribución diferencial de las oportunidades de vida (Brunner, 1981, p. 31; Foucault, 1975).

6. La paradoja constitutiva: autoritarismo y modernización

El aporte más desconcertante de Brunner (1981) es quizás el que menos ha sido reconocido: la demostración de que el autoritarismo chileno no es un fenómeno de resistencia a la modernidad sino su agente más radical. La revolución capitalista que ejecuta la dictadura no es un retorno al pasado oligárquico: es una modernización acelerada, forzada, cuyo instrumento es la coerción estatal y cuyo resultado es la instalación del mercado como principio universal de organización social (Harvey, 2005). La paradoja reside en que ese proceso requirió, para realizarse, la destrucción de las bases culturales que habían hecho posible la participación popular en la modernización anterior: la cultura de compromiso, el Estado redistributivo, la educación como derecho social.

Esta paradoja autoriza una lectura que excede el período dictatorial: el autoritarismo chileno no produjo una modernidad incompleta sino una modernidad de clase, cuya peculiaridad es haber privatizado el proceso mismo de auto-formación de la sociedad, reservando la creatividad social para la clase que controla el capital y convirtiendo al resto en consumidores de una cultura que no produjeron y que no pueden modificar. Ese es el «disciplinamiento» en su sentido más profundo: no la prohibición de hacer sino la producción de sujetos que no conciben la posibilidad de hacerlo de otro modo (Brunner, 1981; Gramsci, 1975).

7. Las fracturas del sistema: actores, resistencias y límites analíticos

7.1. Los límites del texto

Un análisis honesto de Brunner (1981) no puede eludir sus silencios constitutivos. El primero: la ausencia del sujeto popular como agente activo. El texto describe la dominación con una precisión que no tiene equivalente en la producción intelectual del período, pero la resistencia aparece solo como posibilidad teórica, raramente como práctica documentada. El teatro poblacional, la organización vecinal, los colectivos culturales clandestinos, las redes de solidaridad que sostuvieron la vida comunitaria bajo la represión: todo eso existe en el período pero no en el texto (Richard, 1994). Una teoría de la hegemonía sin su contradicción interna tiende a replicar, inadvertidamente, la imagen totalizante del poder que pretende criticar (Gramsci, 1975; Williams, 1977).

El segundo silencio es el género. La dominación autoritaria operó de manera específica sobre los cuerpos de las mujeres —como reproductoras del orden doméstico, como víctimas específicas de la tortura sexual, como agentes de resistencia en los organismos de derechos humanos, como pobladoras que sostuvieron la vida comunitaria cuando los partidos fueron ilegalizados. Esa dimensión está enteramente ausente del texto brunneriano, y su ausencia no es inocente: refleja el punto ciego de una tradición analítica que concibe la clase como categoría neutra y la cultura como campo sin diferencia sexual (Brunner, 1981).

7.3. La autocrítica brunneriana y el precio de la posición

Hay una pregunta que el análisis honesto de la trayectoria brunneriana no puede eludir: ¿por qué la categoría de autoritarismo fue suspendida durante la transición, a sabiendas de las advertencias que Moulian formulaba sobre el «transformismo» y Garretón sobre los enclaves autoritarios? La respuesta no reside solo en el rigor teórico sino también en el costo de la posición institucional. Al hacer parte de los gobiernos de la Concertación, Brunner asumió un desplazamiento que lo llevó a defender como logro lo que su propia analítica anterior había descrito como reconversión del disciplinamiento (Moulian, 2002). La categoría de autoritarismo fue suspendida no por insuficiencia teórica sino también por efectos de campo: mientras Garretón sostenía los enclaves autoritarios y Moulian describía el Chile Actual como anatomía de un mito, Brunner ofrecía el «Bienvenidos a la modernidad» en clave de tercera vía, suturando con el optimismo modernizador la herida analítica que él mismo había abierto en 1981 (Brunner, 1995). Lo que se echa de menos en esa trayectoria es la responsabilidad democrática: la metáfora de la «ilusión» que Brunner desplegó en sus trabajos posteriores debería haber alcanzado para explorar el propio carácter neoliberal del proceso político que él contribuyó a construir. La suspensión de la categoría fue el precio conceptual que se pagó por la participación institucional: se archivó el nombre para poder habitar la cosa.

Con todo, sería intelectualmente deshonesto no reconocer la tensión que esa posición encerraba sin resolverla en simple traición. Defender la transición desde dentro fue también —y no solo cínicamente— la única estrategia disponible para quien quería incidir en ella y no meramente describirla desde la pureza exterior de quien no arriesga nada al juzgar. La democracia que la Concertación construyó, con todos sus enclaves y sus silencios constitutivos, produjo diferencias reales: libertades recuperadas, derechos parcialmente restituidos, movilidades sociales que el autoritarismo había clausurado. Borrar esas diferencias en nombre de la continuidad estructural es cometer el error simétrico al que se denuncia: naturalizar la «reconversión» hasta el punto en que la democracia y la dictadura se vuelven indistinguibles, y esa indistinción no es más crítica que su opuesto —es, simplemente, otra forma de no ver.

Queda, sin embargo, una pregunta que ninguna reivindicación de la posición institucional resuelve del todo: si habitar el proceso era la condición de incidir en él, ¿en qué momento el costo conceptual deja de ser precio consciente y se convierte en deuda impagada? La exterioridad tiene sus trampas; pero la interioridad tiene las suyas —y la más silenciosa de ellas es confundir la renuncia a juzgar con la madurez de quien ya no necesita hacerlo.

Lo que el artículo no debería, sin embargo, clausurar es la pregunta por el estatuto del propio Brunner como problema abierto. Convertirlo en síntoma —en prueba de lo que ocurre cuando el intelectual habita el poder— es también una forma de no leerlo: la que fija el personaje para no tener que seguir pensando con él. Un texto que sobrevive cuarenta años no es un síntoma: es un interlocutor que todavía hace preguntas que el presente no sabe responder sin su ayuda.

Hay además un riesgo específico en la crítica intelectual de izquierda cuando convierte la trayectoria de sus propios pensadores en relato de caída: el de transformar el análisis en moralidad, la explicación en condena, la complejidad histórica en lección edificante. Ese gesto —más cómodo que honesto— suele decir más sobre la necesidad de pureza del que juzga que sobre la responsabilidad real de quien es juzgado.

Resta, sin embargo, una concesión que la honestidad intelectual exige hacer sin atenuantes: toda la arquitectura de este artículo —incluyendo sus matices y sus autocorrecciones— opera desde un lugar que no es el de Brunner. Describe el dilema del intelectual interior al proceso con la precisión de quien lo observa desde afuera. Y esa distancia, por más que se reconozca y se problematice, no deja de ser una posición —la del análisis que nombra la apuesta sin haberla jugado, que entiende el riesgo sin haberlo corrido, que habla de la transformación desde adentro sin haber tenido que decidir, alguna vez, qué se abandona para que algo cambie.

7.4. Marco comparado latinoamericano

La especificidad del caso chileno no se afirma: se demuestra, y solo se demuestra contra el fondo de lo que la rodea y la diferencia. Las dictaduras argentina, brasileña y uruguaya desplegaron estrategias culturales distintas —distintos regímenes de visibilidad, distintas políticas de la memoria, distintas relaciones entre mercado y represión— y es precisamente esa diferencia la que permite comprender qué tiene de irreductiblemente propio el caso chileno: la introducción del neoliberalismo como principio organizador de la cultura, operación que ninguna otra dictadura del Cono Sur ejecutó con esa radicalidad ni con esa coherencia doctrinal (Harvey, 2005; Tironi, 1990). Ese proyecto no operó en el vacío internacional: fue sostenido por redes de legitimación que incluían la Chicago School, fundaciones norteamericanas y think tanks anglosajones cuya función fue convertir el anticomunismo en programa cultural exportable (Harvey, 2005).

8. Vigencia: herencias de la dominación cultural y gubernamentalidad punitiva

La hipótesis de vigencia que este artículo sostiene —con fundamento teórico e histórico, no en medición cuantitativa— es que las categorías producidas por Brunner en 1981 se han vuelto más urgentes que nunca en los momentos de emergencia de la ultraderecha latinoamericana, porque la paradoja que él describió —autoritarismo como condición de la modernización— se reactualiza cada vez que un proyecto político decide que la reconversión del lenguaje es más eficaz que la represión directa (Mouffe, 2018). Lo que el marco analítico brunneriano permite ver, y que ningún otro instrumental teórico del período permite ver con igual precisión, es que las nuevas derechas radicales no producen la dominación cultural: la heredan y la administran. Reciben la destrucción de la capacidad de representación colectiva que el autoritarismo ejecutó y la actualizan mediante dispositivos cuya lógica Brunner ya describió: la privatización de lo social, la administración del espacio público enunciativo, la integración controlada de voces disidentes, la socialización de los valores del orden como deseo individual.

La transición no liquidó el autoritarismo: lo reconvirtió en algo más eficaz que sí mismo. Lo desplazó desde el nivel de la institución represiva —donde era visible, nominable, impugnable, susceptible de ser señalado con el dedo de la denuncia— hacia el nivel de la subjetividad formateada, donde opera sin decreto y sin garrote, metabolizado en sentido común, disuelto en los gestos cotidianos de quienes no recuerdan haberlo aprendido. Lo que la democratización formal de 1990 produjo no fue la superación del modo de dominación autoritaria sino su más eficaz invisibilización: la privatización de lo social, la atomización de la conciencia colectiva, la mercancía como sustituto del símbolo político pasaron a funcionar bajo el signo de la «libertad» en lugar de bajo el signo del miedo —y esa sustitución de signo es precisamente lo que hace de la transición no una ruptura sino una continuidad disfrazada de cambio. La categoría sobrevive, entonces, no como descripción de un régimen sino como diagnóstico de una subjetividad: la que el autoritarismo formateó tan profundamente que pudo instalarse en la democracia como su condición no dicha, su núcleo duro, su herencia activa disfrazada de normalidad adquirida.

Esa vigencia adquiere su formulación más precisa ante la emergencia de la gubernamentalidad punitiva que instala el gobierno de Kast desde el 11 de marzo de 2026. La diferencia estructural entre el autoritarismo que Brunner analizó y esta nueva forma de dominación no reside en la intensidad de la violencia sino en su fuente de legitimación —y esa distinción no es menor ni accesoria: es la que define el salto cualitativo entre dos regímenes de producción del miedo. La dictadura necesitaba el decreto de excepción para coercionar; necesitaba la suspensión de la norma para ejercer la norma. La gubernamentalidad punitiva contemporánea declara la guerra contra el crimen organizado como «retorno del Estado donde ha sido expulsado» y lo hace con papeleta de votación, con mayoría electoral, con el consentimiento activo y masivo de los gobernados. Eso es exactamente lo que Brunner no podía anticipar desde 1981: que el disciplinamiento sobreviviría tan eficazmente a su propio régimen que terminaría siendo elegido —que la subjetividad formateada por el autoritarismo produciría, cuarenta años después, el voto que ese autoritarismo necesitaba para legitimarse sin uniforme.

El desplazamiento semiótico que esa transición implica no puede subestimarse. El autoritarismo de 1973 operaba sobre el enemigo de clase: el movimiento popular, la conciencia organizada, el lenguaje de los vencidos, la capacidad de representación colectiva de las mayorías. La gubernamentalidad punitiva opera sobre el enemigo de cuerpo: el migrante irregular, el narcotraficante transfronterizo, el cuerpo extraño que «desborda» la frontera y «contamina» el orden. No es la clase subalterna lo que se disciplina ahora en primer plano sino la figura racializada del intruso. El hardware material de ese miedo administrado —muros de cinco metros, zanjas, cercos electrificados, drones de reconocimiento facial— no es una metáfora del orden: es su infraestructura concreta, la tecnología que convierte el pánico en política sin necesitar la sala de tortura. Lo que cambió es el sujeto del disciplinamiento —de la clase al cuerpo migrante— y la tecnología de su producción —del estado de excepción al voto mayoritario. Lo que no cambió es la función: reconstituir el monopolio de la creatividad social en manos de la clase que controla el mercado, ahora con el algoritmo del miedo como mecanismo de integración donde antes operaba la tortura.

Esta lectura del presente —lo que podría llamarse provisoriamente «kastización», a sabiendas de que el término no es una categoría sino una designación de trabajo que requiere su propia problematización: nombra un proceso antes que un estado, una dirección antes que un destino— no está, sin embargo, exenta de la tensión que ella misma debería reconocer. Hay un riesgo analítico que la propia arquitectura del argumento introduce: el de naturalizar la categoría de «reconversión» hasta el punto en que la democracia chilena aparece como simple continuación del autoritarismo bajo otro nombre —operación que, al borrar las diferencias reales en materia de libertades recuperadas, derechos restituidos y movilidades sociales que la Concertación efectivamente produjo, termina homologando lo que es estructuralmente análogo pero históricamente distinto. La distinción importa: no como concesión al optimismo transicional sino como exigencia de precisión conceptual, porque un análisis que colapsa todos los momentos en una sola lógica de dominación continua pierde la capacidad de explicar por qué la gubernamentalidad punitiva necesitó cuarenta años para producirse electoralmente y no simplemente se instaló en 1990. Más grave aún es el riesgo de que el análisis de la nueva derecha radical use el aparato conceptual brunneriano para producir exactamente el tipo de denuncia que Brunner (1981) criticó en los primeros años post-golpe: la denuncia que nombra pero no explica, que diagnostica la estructura pero no abre ninguna pregunta sobre cómo intervenirla, que convierte la descripción del poder en sustituto de la política. Un análisis que sabe con precisión lo que ocurre pero no formula ninguna hipótesis sobre qué hacer con ello —ninguna línea de fractura, ningún actor, ninguna práctica— cumple una función catártica para quien lo lee pero no añade nada al campo de posibilidades que pretende abrir. El texto de Brunner (1981) no cometió ese error: terminaba con una pregunta sobre las condiciones de posibilidad de la resistencia. Esta sección tiene la obligación de no cometerlo tampoco.

Y sin embargo el malestar de Brunner ante ese riesgo no es solo metodológico: es también el malestar ante un modo de escritura que encuentra en la exactitud del diagnóstico su propio consuelo —que se satisface con haber nombrado la cosa sin preguntarse si nombrarla transforma algo. La radicalidad teórica puede ser, ella misma, una forma de conformismo: la que sustituye la incomodidad de proponer por el prestigio de denunciar, la que convierte la impotencia práctica en virtud crítica y la distancia analítica en posición política. Brunner lo dijo en 1981 de otro modo: el problema no es solo la dominación sino la incapacidad de imaginar su interrupción.

9. Conclusión: lo que el diagnóstico abre

Este artículo ha demostrado la hipótesis con la que se abrió: el autoritarismo chileno constituyó un proyecto sistemático de reconversión del campo de las representaciones cuya eficacia histórica reside en la destrucción de la capacidad de los sectores subalternos de concebirse como sujetos históricos (Brunner, 1981), y ese proyecto sobrevivió a la democratización formal instalándose en la democracia como su condición no dicha (Tironi, 1990; Garretón, 1983). La tesis brunneriana —que la dominación de clase es, en última instancia, una dominación sobre las posibilidades de representación (Gramsci, 1975; Williams, 1977)— no solo describe el Chile de 1973-1981: describe la forma general en que el poder opera sobre el lenguaje cada vez que necesita reproducirse sin coerción directa (Foucault, 1975).

Tres consecuencias analíticas se siguen de lo anterior. Primera: el análisis de la cultura autoritaria no puede separarse de una economía política de la producción cultural (Williams, 1977) —quién financia, bajo qué condiciones materiales, con qué recursos— porque la superestructura simbólica tiene siempre un suelo material sin el cual ninguna práctica de sentido puede ocurrir ni reproducirse. Segunda: la distinción entre represión y reconversión, y la periodización de sus fases (Brunner, 1981; Garretón, 1983), es la condición para comprender no solo el pasado autoritario sino el presente democrático que ese pasado configuró (Tironi, 1990). Tercera: la categoría de «dominación cultural» solo tiene potencia analítica si va acompañada del sujeto que resiste —el teatro poblacional, la música de raíz, la organización comunitaria (Richard, 1994)— porque una estructura sin contradicción es, por definición, una estructura sin historia (Williams, 1977; Gramsci, 1975).

La agenda de investigación que este análisis abre es precisamente la que Brunner (1981) no podía formular porque el objeto no existía todavía: ¿cómo se actualizan las estrategias de dominación cultural en los nuevos regímenes de circulación de la palabra pública?, ¿qué nuevas formas de atomización de la conciencia colectiva producen las industrias culturales contemporáneas?, ¿qué versión actualizada del «derrumbe de la irrealidad» opera cuando la lógica del espectáculo sustituye al espacio público deliberativo (Ossa, 1999)? Responder esas preguntas requiere el marco analítico de Brunner —su articulación entre hegemonía, representación y conciencia de clase (Gramsci, 1975; Williams, 1977)— y los instrumentos que las ciencias sociales críticas contemporáneas han desarrollado para el análisis del discurso político, la sociología de los medios y los estudios culturales comparados. La vigencia de un texto no se mide por su actualidad sino por su capacidad de hacer preguntas que el presente todavía no sabe hacerse a sí mismo (Brunner, 1988; Mouffe, 2018). La pregunta no es si el texto de 1981 sigue siendo relevante: es por qué seguimos necesitando un texto de 1981 para leer el presente.

Queda, sin embargo, la pregunta que este artículo no responde y que Brunner —que escribió en 1981 para una izquierda que necesitaba rearticularse— formularía sin cortesía: ¿para quién escribe este texto, y qué espera que haga con él? Saber leer el poder con precisión no es lo mismo que saber interrumpirlo. Y un análisis que termina donde debería empezar la política no ha terminado: se ha detenido en el umbral más conveniente.

Ver nota original en:https://brunner.cl/2026/03/mauro-salazar-la-cultura-autoritaria-en-chile-de-jose-joaquin-brunner-flacso-1981/