COYUNTURA

Ciencia como desecho: de tanto comer ignorancia, la ignorancia nos termina comiendo

Por: Rodrigo Browne Sartori
  • Publicado el 16 de mayo 2026

Las recientes declaraciones de José Antonio Kast, en las que cuestionó el financiamiento estatal a investigaciones que culminan en lo que cataloga como “libros preciosos, empastados, en la biblioteca” pero que no generan “trabajo concreto”, no se reducen, exclusivamente, a una visión utilitarista de la economía. Representan, en principio, la grotesca coronación de la “sociedad del espectáculo” descrita, el siglo pasado, por Guy Debord y donde lo que no se traduce en una imagen de productividad inmediata es desechado como inexistente o inútil.

El argumento de Kast se basa en una premisa falaz: el conocimiento solo tiene valor si genera empleo de corto plazo. Si siguiéramos la lógica de Kast y como señala Martínez Gamboa en su interesante columna Libros preciosos, inútiles[1] publicada recientemente en Interferencia, Darwin habría sido obligado a cultivar “sandías con menos pepas” en lugar de escribir “El origen de las especies”. El autor indica que el ejemplo más agudo es el de J. R. Firth, un lingüista de 1957 cuya teoría abstracta sobre el contexto de las palabras parecía “ciencia muerta”. Décadas después, esa misma abstracción permitió la creación de “word2vec” como una suerte de eventual premonición de los modelos LLM, tecnología que hoy revoluciona el planeta. Lo que el presidente consideraría un libro inútil es, en realidad, el código fuente de la realidad del mañana.

Desde la perspectiva de los estudios sobre la imagen, la exigencia de Kast por “resultados concretos” puede leerse como una manifestación de la iconofagia contemporánea: una sociedad que consume-come imágenes de progreso y éxito de forma voraz. El mandatario demanda que la ciencia produzca trabajo que el público pueda ingerir rápidamente para validar el gasto fiscal. Lo delicado es que la investigación se ve forzada a saltarse los tiempos propios de una digestión simbólica. Al acontecer aquello, el resultado deviene en iconorrea.

La iconorrea, consecuencia directa de la iconofagia, es la evacuación compulsiva de productos sin nutrientes, imágenes de productividad que son, en esencia, basura o “heces” simbólicas. Al recortar fondos de investigación y, sobre todo, al despreciar lo abstracto, el gobierno no genera eficiencia, sino una indigestión cultural donde se prefiere la rapidez de la selfie institucional al rigor del libro (aunque no sea estéticamente precioso) que cambia paradigmas. Las declaraciones presidenciales son, en sí mismas, un acto de iconorrea: un discurso populista que reproduce esquemas visuales de austeridad sin una elaboración profunda de cómo funciona realmente la innovación y las ciencias.

Jorge Volpi, en un artículo reciente en El País (24.04.26), advierte sobre “otra inteligencia”. La inteligencia artificial que hemos concebido a nuestra imagen y semejanza. Paradójicamente, mientras el discurso político desprecia los libros preciosos e inútiles, se maravilla ante la IA, olvidando que esta es hija directa de esa misma erudición abstracta. La IA es capaz de gestionar el lenguaje con una habilidad casi humana porque se apoya en décadas de investigación básica que no busca “generar empleo” de inmediato, sino entender cómo pensamos.

El peligro de la postura de Kast es que nos despoja de lo que nos hace humanos: la capacidad de imaginar lo que aún no tiene utilidad. Al medir la ciencia solo por el impacto inmediato, se empobrece el debate y se reduce la sociedad a un mercado de gestos visibles. La verdadera inteligencia requiere de esos libros en la biblioteca que el poder republicano hoy desprecia. Sin ellos, quedamos atrapados en una economía circular de imágenes vacías, donde el conocimiento se convierte en un mero accesorio del espectáculo político y no en una inversión estratégica.

El disparo y la sátira a los “libros preciosos” no es una medida de ahorro, sino una renuncia deliberada al pensamiento, a la reflexión. Si la ciencia en Chile se ve obligada a participar del metabolismo de la iconorrea -dedicada solamente a lo que es visible y útil para la foto presidencial- el país terminará exportando siempre materia prima y nunca inteligencia. Como debe quedar claro, la investigación no es un lujo. Es la única forma de no quedar sepultados bajo la basura simbólica de una sociedad que sabe el precio de todo, pero ha olvidado el valor de lo invisible.

Lo peligroso de estos dichos públicos irreflexivos que aluden a una tiranía de lo visible y al metabolismo “gestionable” de la imagen, despierta una alerta no menor sobre la naturaleza “caníbal” de la ignorancia. En el marco de la iconofagia, el acto de “comer” no es solo metafórico; es una asimilación que modela la identidad del sujeto. Cuando un líder político opta por “alimentarse de ignorancia” al despreciar el conocimiento abstracto y reducir la ciencia a una caricatura utilitarista de libros preciosos pero inútiles, está sometiendo su propio juicio a una dieta carente de nutrientes intelectuales básicos para la sobrevivencia de un país.

En este marco, la indigestión simbólica es evidente y tiene un desenlace irónico: la ignorancia termina devorando a quien la cultiva. Al rechazar el valor de la investigación básica, Kast se queda atrapado en el presente superficial, ignorando que la tecnología que usa para difundir su mensaje proviene -probablemente- de esos estudios “inútiles” que él, indirecta, inconsciente e ignorantemente, ha cuestionado.

La postura presidencial es una forma de iconorrea, una “evacuación” de discursos que ya no nutren el debate público: lo contaminan con “heces simbólicas” o imágenes vacías. Mientras la máquina aprende del contexto y de la profundidad de los libros, el discurso político se simplifica adrede, incluso desinformando a través de bots, simulaciones humanas automatizadas capaces de reproducir cantidades ingentes de variaciones de información inexacta o de reaccionar sin descanso ante las publicaciones en línea de los adversarios. En última instancia, quien solo ingiere el éxito inmediato y lo “visible” termina siendo fagocitado por la obsolescencia. Al despreciar el “libro precioso”, Kast no recorta fondos, cava un vacío intelectual donde la realidad, compleja y científica, termina por engullir su propia imagen. Como sentencian las bases del metabolismo cultural, sin un tiempo de digestión simbólica y reflexión profunda, el sujeto queda atrapado en una circulación infinita de vacuidad donde la ignorancia es, a la vez, el alimento y el depredador.

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